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Un inocente novato en New York

Eran los días de la Unidad Popular en Chile, mediados de 1971, y la situación en el país estaba lejos de estar tranquila. Incertidumbre por un lado, jolgorio por otro.

En mi casa, un hogar de clase media, donde el jefe de hogar tenía 75 años, los recursos escaseaban ya que vivíamos sólo de la jubilación de mi padre y una que otra asesoría que le hacía a la firma Sargent. Fue tanta la angustia de mi padre, que recurrió a sus amistades para ver si podría conseguir algún trabajo… y le fue más o menos bien pues uno de sus contactos en la Escuela de Minas de la Universidad de Chile, donde él estudió y luego fue profesor, le quiso tender una mano no con un trabajo directo sino a través de la creación de un libro. Si, le pidieron que vaciara su experiencia profesional en un tema específico, en ese libro. La paga no era mucho, pero ayudaba.

El proceso era lento y las condiciones del país seguían empeorando… los precios subían y, a pesar del nuevo ingreso, los recursos no alcanzaban… y yo, se supone que debería ir a la universidad el próximo año y él, en su infinita bondad, quería que eso sucediera a toda costa.

En medio de esa situación, mi padre me dice que tiene unos pocos ahorros, pero que no servirían de mucho pues están en dólares, en lo que en esa época se llamaban Traveler’s Check. Eran cerca de 9.400 dólares que, al cambio oficial, nos duraría muy poco tiempo ya que el tipo de cambio era muy bajo.

Lo anterior, me hizo pensar que debería haber una solución a la situación… y claro que la había. El problema era generado porque había un valor oficial al cual tenía que cambiarse los dólares, pero también existía un mercado informal cuyo valor era cerca de 15 veces el valor oficial, y, para eso, se debería contar con billetes; no servían los cheques. Entonces saqué unos cálculos y se los mostré a mi padre. En ellos le demostraba que, si él viajaba a New York a cambiar esos cheques y regresar al país con billetes, entonces se podían cambiar en el mercado negro, obteniendo bastante más dinero. Mi padre era una persona muy estructurada y conservadora y no confiaba mucho en mis cálculos, los que, al parecer, no estaban tan mal, pues a los pocos días me comentó que la idea le parecía bien, pero que él no podía viajar y que debería hacerlo yo.

Pasamos bajo el Arco del Triunfo / Juan Carlos y Aurelio

Pero papá, le dije, si yo no sé más inglés que el aprendido en el Instituto Comercial donde estoy estudiando. Bueno hijo, hagámosla fácil, me dijo: yo te enseño algo de inglés (dominaba 5 idiomas) y hablemos con tu profesor para que te refuerce también en ese idioma… y así lo hicimos. A presión aprendí algunas frases específicas y palabras claves. Paralelo a eso, mi padre inició las gestiones para obtener la visa correspondiente, la que fue otorgada sin mayor dificultad. Y así, el jueves 1 de julio de 1971 emprendía mi primer viaje en avión y nada menos que a Nueva York.

Y allí estaba yo sentado en el avión de LAN Chile listo para iniciar el viaje, sin saber todo lo que me iba a tocar vivir. Estaba lleno de esperanzas, lleno de ilusiones de hacer un gran viaje y cumplir con mi misión. Mi asiento estaba en la ventana, pero como el viaje era de noche, poco podía ver hacía afuera, pero estaba feliz. El viaje fue bueno, sin contratiempos hasta que llegamos al Triángulo de las Bermudas. Allí el avión entró en una zona de grandes turbulencias. Yo miraba por la ventana y lo único que se veía a lo lejos era muchas luces de rayos y relámpagos… y el avión seguía moviéndose mucho. La gente se asustó casi al nivel de la histeria y, yo, en mi inocencia, me preguntaba por qué se asustan tanto, por qué gritan. Créanme, yo no tenía miedo… nunca había sabido de algún accidente de avión y me parecía que era como andar en camión en un camino de tierra con muchos hoyos y que no era nada más que eso. Veía cómo las alas del avión se doblaban por la presión ejercida sobre ellas y escuchaba el forzado ruido de las turbinas. Yo confiaba que el avión estaba hecho para eso y que debería salir airoso de esa situación… y así fue. Al poco rato todo se calmó y pronto anunciaban por los parlantes que estábamos llegando a Miami. Allí estuvimos cerca de una hora y seguimos viaje a mi destino: Nueva York.

Empezaba a aclarar cuando estábamos a medio camino del destino y a eso de las 9 de la mañana ya estábamos arribando al aeropuerto Kennedy. El día estaba radiante, despejado y muy soleado. Yo, como corresponde, iba muy abrigado pues salí del invierno de Chile para llegar al verano de USA del este. Luego de los trámites de aduana y policía internacional, comenzó mi aventura en esa gran y desconocida ciudad.

Tomé un taxi y no recuerdo si al mismo taxista le pedí que me llevara a un hotel o ya iba con alguna indicación. El punto es que luego de andar una media hora en el taxi, llegamos al Hotel Washington, en pleno Manhattan. Recuerdo que el viaje me costó 50 dólares. Al bajar, el conductor recibe mi dinero y me dice “tip“. Tip? digo yo… no sé qué es eso. El tipo me seguía diciendo lo de tip y yo tranquilo porque le había pagado lo acordado, tomé mis cosas y me encaminé hacia la entrada del hotel. Escuché que atrás el conductor me gritó algo que, por supuesto no entendí. Más tarde entendí lo del famoso tip y me di cuenta que es la la propina que frecuentemente se paga toda persona que presta un servicio. Es toda una institución allá eso del tip. Esa fue mi entrada a la aventura.

Ingresé al hotel y me acomodaron en la habitación. Como era viernes  y era temprano, de inmediato me bañe y me puse mi mejor tenida para ir al banco a cambiar los cheques, los que llevaba en una carterita junto a mis documentos. A mediodía estaba entrando al banco. Allí vi un letrero de Traveler’s Check y me acerqué a la señora que estaba tras el escritorio y le dije good morning, I want to change these checks y le paso los 6 cheques. Ella, respondiendo en un perfecto inglés, me dice, good morning, sit down please. Qué alegría!, pues hasta ahí todo iba bien. Ella mira los cheques y me dice “peispor“. What? le digo yo, sin entender nada. “Peispor” vuelve a decir y yo sin saber qué hacer empiezo a buscar dentro de mi carterita a ver si había algo que pudiera ser parecido a ese nombre y de pronto me dice “document“. Entonces saco todo lo que tenía en mi carterita y le muestro y ella sonriendo toma mi pasaporte, que era el documento que me pedía. Ufffff… fueron largos instantes en los que transpiré no sólo por el calor que hacía, sino por lo abrigado que iba con mi traje y la tensión que estaba viviendo. A los pocos minutos, luego de haber ido ella a efectuar las verificaciones del caso, me entrega unos papeles y los cheques y me hace un gesto para que pase por caja para retirar el dinero. Le agradecí y a los pocos minutos ya tenía en mi carterita los 9.400 dólares. Salí feliz del banco. No me importó el calor ni el impasse con el idioma. Me fui apurado al hotel donde me cambié ropa y me relajé.

Era hora de almorzar. Tenía hambre y en el sector había muchos lugares de comida y empecé a recorrerlos para ver cuál me tentaba más. Caminé bastante hasta que encontré uno que me pareció el indicado. Tenía una pizarra con los principales platos y vi uno que me pareció familiar, eggs salad. Esta es la mía, dije. Estoy de suerte, pensé. Como me gustan mucho los huevos, pediré ese plato de “huevos salados”. Muy seguro de mi mismo y de mi Inglés, entro al local y me siento en una de las mesas que daba hacia la ventana. Un garzón se acerca y le digo: give me eggs salad, please and one juice. Mientras llegaba mi pedido, miré a mi alrededor y vi que en cada mesa había una maquinita que no entendía para que era. En la mía también había una y me puse a inspeccionarla y concluí que era un mini wurlitzer donde uno colocaba una moneda y tocaba la canción que se seleccionara. Mira estos gringos como son, me dije… tienen de todo para entretenerse. Como quería experimentar y saber cómo funcionaba la máquina, le puse una moneda y escogí una canción de todas las que había. Como no conocía ninguna (o quizás sí, pero por el nombre no me era familiar), puse cualquiera. La verdad fue interesante pero la canción no me gustó. En medio de eso, veo que viene el garzón con mi pedido. A saciar el hambre me dije, porque tengo mucha. Frente a mi dejan un plato con 2 huevos, rodeados de ensaladas y un vaso de jugo. Tamaña fue mi sorpresa al ver esa cantidad de ensaladas que en realidad en esa época no me gustaban mucho… los huevos sí, pero ensaladas no. Pero como tenía tanta hambre y mi Inglés no era muy fluido como para reclamar, decidí comerme eso. Y qué iba a reclamar, me dije, si fue eso lo que yo mismo pedí. Creí que era otra cosa, pero no. Saciado mi apetito, salí del lugar y como no tenía más que hacer, me dediqué a caminar por el barrio y conocer la gran ciudad.

El viaje se planeó como para 13 días. No quisimos que fuera menos para no levantar sospechas y tener mayor seguridad al volver. Así es que siendo ese ya mi segundo día de viaje, pedí un mapa de la ciudad en el hotel, tomé mi cámara de fotos que mi padre me había regalado, una Zeiss Ikon, reflex, antigua y muy pesada y empecé a caminar pues no me atrevía a tomar bus, menos el metro ya que no me ubicaba para nada.

El hotel quedaba en el barrio Greenwich Village, a un costado de la famosa Plaza Washington. Caminé por la calle Waverly en dirección a la Broadway Ave maravillándome del desarrollo y las cosas nuevas que veía, tanto en construcción, tiendas, buses, autos, la gente misma, el cielo azul, sin contaminación y un orden y respeto extremo de la sociedad a las normas por las que se regían. Caminando, me encontré con una tienda de artículos electrónicos y me llamó mucho la atención una radio pequeña pero redonda, de color blanco. Vi que el precio era conveniente y entré para comprarla. A los pocos minutos, salí feliz con mi adquisición. Ya tendría una compañía para estos días y una entretención para llevar a Chile. El día me lo pasé caminando por las cercanías del hotel y a las pocas horas ya empezó a oscurecer y regresé para comer algo en el mismo lugar del almuerzo y luego a descansar en el hotel. En el camino, me encontré con un auto que circulaba con una música a muy alto volumen y lo que me llamó la atención fue que se escuchó muy fuerte y claro la frase: “Cómo deseo ser tu amor…”. Ella correspondía a la famosa canción de Los Ángeles Negros de Chile. Me dio mucha alegría escuchar algo de Chile en medio de Manhattan.

Al día siguiente, no hubo mucha diferencia. Caminé por la 5th Avenue desde Waverly st hasta más o menos la 40 th st. Me llamaba mucho la atención que desde el suelo, en la calle misma, había unos orificios por donde salían fuertes bocanadas de humo o vapor. Eran como geiser en plena ciudad… y eso se repetía en muchas partes por donde caminaba. Hacia medio día, me devolví para almorzar, pero antes de eso me detuve un rato en la Plaza Washington pues había algunas actividades que me llamaron la atención. Entonces, me instalé en uno de los asientos y, junto con descansar, me deleité con marionetas y otras presentaciones que había cerca mío. A los pocos minutos sucedió un hecho que cambiaría toda la planificación y el curso del viaje. Se sentó a mi lado una persona algo mayor que yo, muy bien vestido y de color más moreno. Él estaba manipulando unos documentos y uno de ellos se le cae al suelo. De inmediato, mi instinto fue recogerlo pues cayó muy cerca de mis pies. Lo tomé y se lo pasé. Oh, thank you, me dijo.  Mientras yo pensaba qué responderle a su agradecimiento le sonreí y no encontré la respuesta para darle. “Is for nothing”? así se responderá?, me preguntaba. No alcancé a encontrar la frase adecuada para responderle cuando él me dice “where you come from? Yo me sabía esa frase y la entendí de inmediato, así es que le respondí: Chile. Hasta ahí llegó mi práctica de Inglés pues en adelante, todo fue hablar en español. Intercambiamos nuestros nombres, él se llamaba Aurelio. La verdad es que me dijo su nombre completo que contenía cuatro nombres y un apellido. Se presentó como médico, que había estado en Francia y que hablaba perfecto español porque había nacido en Guayaquil, Ecuador y que quería conseguir el sueño americano en New York y que por eso estaba allí. En ese momento, venía de una entrevista de trabajo. Y tú, me dice, qué haces aquí? -Ufffff, qué pregunta me hace, pensé. Le digo la verdad o le digo que estoy de vacaciones?- En mi inocencia, y dado lo simpático que me pareció, le dije la verdad: vine a cambiar unos dólares en cheque que tenía mi padre para cambiarlos a mi regreso a Chile y tener así recursos para pagar parte de mi carrera universitaria. Entendió de inmediato y sonrió. Muy bien, dijo. Y dónde estás alojado? Aquí muy cerca, en el Hotel Washington, fue mi respuesta. Se sorprendió y me dijo: pero eso es una locura. Te vas a gastar gran parte de tu dinero en hotel y eso no te conviene. Ese hotel es muy caro. Quieres que te ayude a buscar un lugar mejor? Claro, le dije de inmediato. Bien, vamos, acompáñame. Tomé mi pequeña radio blanca redonda y mi agenda (la que me acompañaba a todas partes) y nos fuimos caminando.

Pasamos bajo el Arco del Triunfo ubicado en la Plaza Washington y lo primero con lo que nos encontramos fue con una pelea entre dos personas que al parecer habían rosado sus autos. No les hagas caso, me dijo Aurelio. Son gringos. Parecen violentos pero no hacen más que amenazarse. Así no más era pues lo que parecía una pelea de verdad no pasaba a mayores. Distinto sería dijo Aurelio, si hubiese un latino en medio de esa pelea. Sin duda, asentí.

Íbamos caminando y de pronto él se detiene junto a una chica muy guapa a la que le habla en Inglés, haciéndole varias preguntas. Lo que yo entendí era que quería llegar a algún lugar y necesitaba orientación. No sé qué le respondería la chica, pero el caso es que hablaron varios minutos, al cabo de los cuales se dirige a mí y me dice: Juan Carlos, “me resultó”… saldré un rato con esta chica. Por favor espérame unas 2 horas. Nos encontramos aquí mismo. Yo no supe qué contestar y tal como presentó las cosas, no había más opción, así es que estuve recorriendo los alrededores cercanos haciendo hora y deseando que transcurrieran luego esos 120 minutos pues tenía hambre. El hombre fue puntual y pasadas las 2 horas, llegó. Se veía feliz, lleno de energía y su sonrisa lo decía todo. Le había ido bien con la chica. Para mí fue chocante pues no sabía que el tema fuese “tan fácil” allá. No tocamos mucho el tema y más bien se concentró en buscar el lugar donde teníamos que ir, el que finalmente encontramos, pero no había cupos. Fuimos a varios lugares y la respuesta siempre fue la misma. Finalmente, nombró la palabra clave: tienes hambre? Si, por supuesto, respondí. Ya, entonces nos vamos a la Universidad de New York como última opción y allí almorzaremos. También nos fue mal con lo de un cupo para hospedarme allí, pero sí pudimos almorzar.

Nos encaminamos hacia el casino en el cual había mucha gente almorzando, pero la fila avanzaba rápido. Aurelio me dijo que tomara una bandeja, los cubiertos y escogiera lo que quería comer. Lo primero que vi, fue una gran cantidad de pan y mucha mantequilla en formato pequeño como calugas. De esas, pensando en no sé qué, saqué cerca de 15… luego avancé y escogí la comida que quería servirme. Cuando me reúno con Aurelio, se da cuenta de la cantidad de mantequilla que yo había sacado y me dice: te vas a comer toda esa mantequilla? porque si es así, no hay ningún problema, nadie te dirá nada, pero si no te la vas comer, a lo menos, te van a mirar feo pues toda comida que no se come se va a la basura. Mira, me dijo: en este país, debes pasar lo más desapercibido posible y debes hacer lo que todo el mundo hace. De lo contrario, no te irá bien. Acto seguido, tomé las mantequillas y las devolví a su lugar, dejándome sólo 2 calugas, las que disfruté junto al almuerzo. Ese tirón de oreja que me dio Aurelio me sirvió mucho y me ayudó a entender que no estaba en mi país y que debía adaptarme a las condiciones del lugar que estaba visitando.

Por la tarde, seguimos buscando hospedaje para mí y siempre la respuesta fue la misma. En esa búsqueda, Aurelio se detiene a conversar con otra persona, esta vez un hombre al cual me pareció que ya conocía de antes. Me lo presentó. Se llamaba Walter y también era de Guayaquil, Ecuador. Conversamos un buen rato y antes de irse Walter me da su tarjeta de visita y me dice: cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme. Guardé la tarjeta en mi carterita y seguimos caminando.

Ya cayendo la noche Aurelio me dice, sabes Juan Carlos, me caíste bien y quiero ayudarte más. Hasta que encontremos algo, te irás a mi casa. Te parece? Yo lo pensé un momento y luego dije que me parecía una buena opción y acepté su propuesta. Qué inocencia, Dios mío!!!

Entonces, tenemos que ir a tu hotel a buscar las cosas, hecho que hicimos caminando… yo estaba muy cansado. A pesar que practicaba atletismo y futbol en Chile y me mantenía en buen estado físico, lo de tanto caminar me superaba y me sentía muy cansado. Llegamos al hotel, subimos al cuarto y él se tiró en la cama, prendió el televisor en blanco y negro que había y que yo hasta ese momento no había encendido. Yo me puse a ordenar la maleta y bolso y cuando estaba listo, me doy cuenta que Aurelio dormía plácidamente. Entonces, me senté en un pequeño sillón que había y esperé a que despertara, hecho que sucedió cerca de las 11:30 de la noche. Al hacerlo, exclamó, uffff, se nos hizo tarde, pero ya es hora. Vamos a bajar. Una vez en la planta baja, muy cerca de la recepción Aurelio me pide que me quede allí y que lo deje hablar a él. Entonces, se adelantó y fue a hablar con el recepcionista de turno. Hablaron varios minutos en Inglés y yo no entendía nada. Lo que sí notaba era que a cada minuto que pasaba, ambos hablaban más fuerte. Se notaban molestos. Yo observaba desde lejos con mis bultos y mi carterita en la mano para sacar el dinero y pagar los días que había estado allí. De pronto, los ánimos se calmaron y Aurelio me vino a buscar. Tomó mi bolso y yo tomé la maleta y me dijo, vamos. Ya está todo arreglado. Cómo!!!, me dije a mi mismo, sin entender nada. Y salimos rumbo a su casa en otro barrio, cerca de Brooklin. Las maletas de aquella época no tenía ruedas y a cada paso se me hacía más pesada. No habíamos comido nada desde el almuerzo y yo ya no tenía fuerzas.

Tomamos el Metro y cambiamos de tren en alguna estación. Luego tomamos otro que a esa hora, cerca de la 1 de la madrugada, iba con muy pocos pasajeros. Nos sentamos en uno de los lugares disponibles y yo quedé justo en frente de una hermosa mujer a la cual me quedé mirando como embobado. Aurelio se dio cuenta de eso y me dijo: qué haces? A qué te refieres, le pregunté. Estás mirando a esa chica? Si, respondí. No lo hagas, me dijo en tono enérgico pero en voz baja. Si quieres tener problemas, puedes seguir mirándola, pero te recomiendo que no lo hagas. Es verdad que la chica es muy atractiva, pero no por eso puedes quedarte mirándola de esa forma. Ella se va a sentir intimidada y puede dar aviso a la policía. La situación aquí es diferente a la de nuestros países, dijo. Acá, tanto para el hombre como para la mujer, si te sientes atraído o te gusta alguien físicamente o por el motivo que sea, lo único que debes hacer es acercarte a la persona y hacérselo saber de la mejor manera posible e invitarle a compartir lo que sea: un café, una caminata o simplemente decirle que te sientes muy atraído por ella y quienes intimar. La persona va a valorar tu honestidad y lo más que arriesgas es a un rotundo no… o a un sí. No te puedo creer que sea así por estos lados. Claro que sí amigo. Yo no lo podía creer. Siempre he sido una persona a la que le cuesta mucho acercarse a una mujer “en frío” y entablar una conversación y lo que estaba viendo en estas tierras era totalmente novedoso y audaz para mi. Mira, me dijo Aurelio. Quieres que hagamos una prueba? Claro, le dije de inmediato. Espera, me dijo y se paró del asiento y se dirigió donde había otra chica muy guapa también con la que conversó unos minutos. De pronto se acercó a mí y me dice: Juan Carlos, nuevamente me resultó. Vas a hacer lo siguiente. Cuando llegues a la estación Metropolitan Ave. te bajas y me esperas allí sentado a la salida del tren. No te muevas de allí que yo regresaré lo antes posible. Acto seguido, se bajó con la niña y el tren comenzó a avanzar perdiéndose de vista a esa nueva pareja que se acababa de formar. A eso de las 2 am, llegué a estación Metropolitan Ave y tal como me lo indicaron, me bajé y me senté en el asiento que estaba justo a la salida del carro. No daba más de hambre y de cansancio el cual me venció y me dormí un buen rato. No fue un sueño profundo, pero me sirvió. A eso de las 4 am empecé a inquietarme Aurelio no aparecía. Me inquieté mucho pues ahora no tenía el resguardo del hotel, eran las 4 de la mañana, tenía hambre, estaba cansado y no tenía dónde ir. Vaya decisión la que he tomado. Me cuestioné lo que había permitido que sucediera y entré casi en pánico… pero logré calmarme algo con el paso de los minutos . Ya siendo cerca de las 5 am, no aguanté más y me acordé de Walter, el otro chico que conocimos la tarde anterior y me atreví a llamarle por teléfono para contarle mi situación. Mi llamada lo despertó y si bien me escuchó, me dijo que a esa hora era muy difícil poder ayudarme pues él vivía muy lejos de dónde yo estaba y me aconsejó que siguiera esperando ya que él confiaba que Aurelio iba a aparecer. Cada tren que pasaba era una esperanza de que llegara… y alrededor de las 5 :30 am aparece, más radiante y feliz que en la mañana anterior. Sin entender mi drama, me comentó que estaba feliz y que la chica era muy exigente y no le dejaba venirse y que por eso se atrasó. Pero no te preocupes, me dijo. Ya estoy aquí y ahora a la casa. Caminamos varias cuadras hasta que llegamos a su casa. No recuerdo si subimos o bajamos una pequeña escalinata. Parece que subimos.

El apartamento, tal como me había anticipado Aurelio, era muy pequeño. Era un studio. Un sólo ambiente para el dormitorio, comedor, cocina y aparte un pequeño baño. Dormirás en ese sillón, dijo Aurelio. Tienes hambre? preguntó, sí y mucha respondí. Entonces comeremos algo. Fue al refrigerador y sacó un arroz y algo más del freezer y lo descongeló y luego calentó. No sé qué era lo otro. Sólo sé que tenía hambre y me lo devoré… Acto seguido, al baño y a dormir.

Vaya qué día el que había tenido… y así, intentando recordar todo lo vivido me quedé profundamente dormido en el único sillón existente en al apartamento.

Era cerca de las 10 de la mañana cuando Aurelio me despierta y me dice. Arriba que debo ir a una nueva entrevista. No tenía ganas de levantarme, me faltaban muchas horas de sueño aún, pero tuve que hacerlo. Tomamos algo de desayuno y salimos hacia el lugar de su entrevista.

Justo en el momento en que íbamos saliendo de su casa, vi que un niño de unos 3 o 4 años andando en un triciclo, se cae de él y de inmediato comienza a llorar. Mi reacción instintiva fue correr para ayudarlo. Para dónde vas! me dice Aurelio. A ayudar al niño. No, por ningún motivo. Ya te dije, acá debes pasar lo más desapercibido posible. Sólo así no tendrás problemas con nadie. Si tu vas a ayudar a ese niño y en ese momento aparece alguno de sus padres y ven que estás al lado del niño, te pueden acusar que algo le estás haciendo y que por esa razón el niño estaba llorando… y ese sí que es un problema grave. Así es que a no olvidar las recomendaciones que te he dado. Muy sorprendido de lo que había escuchado, vi cómo uno de los padres sale de su casa y se acerca a ver qué le había sucedido al niño. Nosotros ya nos habíamos alejado varios metros y nos encaminábamos a la estación de metro Metropolitan Ave.

Mientras caminábamos, le pregunté de qué es el trabajo al que vas a postular hoy? No recuerdo bien su respuesta, pero sí recuerdo que me mostró el aviso del diario donde aparecía dicha publicación. Lo que me llamó la atención del aviso es que en él se incluía el sueldo a ganar anualmente. Era algo así como 44.000 dólares al año lo que ofrecían. Le comenté que en Chile nunca vi que se incluyera el sueldo a percibir. Ah, es que acá eso es obligación y me encantó. Desde esa época es que he tratado de incorporar eso en mi país y ha resultado imposible. A mí me parece perfecto pues hay un gran ahorro en todo sentido ya que postularán sólo aquellas personas a las cuales les interese trabajar por esa renta, disminuyendo notoriamente la cantidad de postulantes que la empresa debe filtrar para escoger al más adecuado para el cargo.

Cuando llegamos al lugar de la entrevista, entramos a una sala donde finalmente se reunieron 15 personas que eran los postulantes. Unos minutos antes de iniciar las entrevistas, aparece una persona que explica el procedimiento a seguir, diciendo que se llamará a cada persona a la que se entrevistará por no más de 5 minutos y pidió que por favor nadie se retire del lugar hasta el final pues en no más de 5 minutos terminada la última entrevista, se anunciará el nombre de la persona seleccionada. Me encantó lo estructurado, preciso y rápido del proceso. En la sala había hombres y mujeres de distinto tipo. Algunos más arreglados que otros. Aurelio iba con su traje impecable y con su camisa blanca y su corbata. Este proceso de selección de postulantes fue para mí de una gran lección pues cuando terminaron de entrevistarlos a todos, y justo a los 5 minutos después de la última entrevista, aparece la misma persona del comienzo diciendo el nombre del seleccionado y le pide que pase a la oficina. No fue Aurelio el seleccionado. Quien ganó era un joven que vestía uno short blanco, una camiseta sudadera blanca y una hawaianas. Tenía el pelo largo y muy desordenado. Eso fue un golpe para mi pues no podía entender cómo podía haber ganado esa persona con esa presentación. Se lo comenté a Aurelio y nuevamente me dio una cátedra de cómo es de diferente algunas cosas allá respecto de nuestros países latinos. Acá, dijo, no se te discrimina ni por presentación, ni por color, credo, edad, sexo ni nada. Lo que vale y debes demostrar, es que sepas hacer lo que dices saber hacer y que lo hagas bien. Lo demás no tiene ninguna importancia. Esa fue otra gran lección que aprendí y nunca la he olvidado. Lo importante no es el envoltorio sino el contenido.

Ya estamos a 9 de Julio. Habían transcurrido 8 días desde que inicié mi viaje y aquí estaba aprendiendo, fogueándome en la capital del mundo y conociendo parte de la ciudad que nunca duerme.

Esta vez salimos temprano de casa y comenzamos a caminar sin rumbo fijo y Aurelio se detiene frente a un kiosco y lee un titular del el diario. Mira, me dice, hubo un terremoto en Chile. Wow, dije y por primera vez me acuerdo de mis padres. Aurelio me dice, has hablado con tus padres, no le respondí y me dijo. bueno, vas a llamarlos. Vamos. Y nos encaminamos hacia un lugar especial para llamar y resultó ser la Central Station, en pleno centro de Manhattan. Esperamos que se desocupara un teléfono en especial. No sabía por qué no podíamos ocupar otro aparato si había varios libres. En fin, cuando se desocupó, Aurelio descolgó el auricular y habló con la operadora a quien le dijo que quería realizar una llamada a Santiago de Chile. Me pidió el número y le dije que era el 42138. En pocos instantes, la comunicación estaba hecha y Aurelio me pasa el auricular, advirtiéndome que por ningún motivo debía colgar al terminar la conversación y que debería pasarle el teléfono a él. Pude escuchar la voz de papá y mamá al otro lado de la línea y saber que estaban bien y que el terremoto de la noche anterior no les había afectado. Les dije que ya estaba empezando a preparar mi regreso y que llegaría el día 13 tal como estaba previsto y que todo estaba bien conmigo. Me despedí  de mis padres con mucha emoción y le entregué el auricular a Aurelio quien siguió hablando en Inglés con la operadora. No sé qué le diría pero nuevamente alzó la voz como reclamando algo que yo no entendía qué podría ser ya que todo había salido perfecto. Al poco rato, en medio de esa discusión telefónica, Aurelio me pide que le dé mi dirección en Santiago. Le dije que era Mont d’Or 2061, Providencia, Santiago, Chile. Él transmitió esa información a la operadora y luego cortó.

Ya, me dijo, todo bien. Cuando llegues a Chile, recibirás una carta muy especial. Bien le dije, pero y dónde hay que pagar. No te preocupes, no te van a cobrar nada. Yo hice un reclamo y resultó todo bien. No tienes que pagar nada.

No dejaba de asombrarme la capacidad de persuasión y convencimiento que tenía Aurelio. Ya me lo había demostrado la noche que dejé el hotel sin haber pagado, luego las dos veces que se fue a acostar con dos chicas diferentes, ahora esto de la llamada telefónica a Chile gratis… Uf, no entendía cómo lo hacía. No basta con ser simpático para lograr esas cosas. Algo más tendría que haber en su personalidad y yo no lo entendía.

Después de comer algo, paseamos por otros lugares muy interesantes. Me llevó a conocer el Empire State, Central Park, Times Square, Battery Park, World Trade Center, 5* Avenida, Rockefeller Center, Estatua de la Libertad. Salimos temprano en la mañana para alcanzar a ir a todos estos lugares. Debíamos hacerlo así pues por la tarde estábamos invitados a cenar a casa de un matrimonio amigo de Aurelio en Staten Island. La hora de la cena era a las 6 pm y deberíamos tomar el ferry a eso de las 4 pm para llegar a tiempo.

Encontrándonos paseando, sucedió otro hecho importante. Todo iba bien mientras caminábamos en medio de mucha gente y de pronto nos enfrentamos a varias personas de color, y uno de ellos, al pasar a mi lado, me pasó a llevar. De esto se percató Aurelio. Mi instinto hizo que de inmediato yo quisiera girar mi cabeza y enfrentar con la mirada a la persona que hizo eso, teniendo mucho espacio para caminar a mayor distancia de nosotros. De inmediato Aurelio me dice enérgicamente, no te vuelvas!, no te vuelvas!, sigue caminando. Nada ha pasado. Luego me explicó que si yo me vuelvo y lo enfrento con la mirada o le digo algo, el tipo, de una gran envergadura, junto a sus amigos, habrían hecho lo que quisieran con nosotros… y me volvió a repetir: no te olvides de pasar lo más desapercibido posible. Que no se note que existes. Enojado por la agresión, pero tranquilo por la defensa de parte de Aurelio, seguimos nuestro paseo.

Más tarde abordamos el ferry y luego de una media hora de viaje llegamos a Staten Island. Tuvimos que tomar un bus para acercarnos al destino, pero previamente pasamos a una casa donde vivía un conocido de Aurelio. La casa se veía muy especial… todo era desorden y olía muy raro. Veía algunas pocas personas en su interior en una actitud extraña que no había visto antes. Aurelio entró hasta la última habitación donde habló con alguien y salió rápidamente diciéndome, vamos, salgamos rápido de aquí. Qué pasa, le pregunté cuando ya estábamos afuera. Drogas me dice, están todos drogados allí. Yo no tenía idea de esas cosas y tuvo que explicarme lo que sucedía.

Caminamos disfrutando del lugar, una zona totalmente residencial donde lo que más me llamaba la atención era que ninguna casa tenía reja. Todo era como en las películas.

A las 6 en punto estábamos llegando a destino para cenar. La casa era muy linda, de un piso y muy acogedora. Por supuesto, no tenía reja. Saludamos al matrimonio quienes nos acogieron muy amablemente. El único problema era que los dueños de casa eran 100% gringos y no hablaban nada de español y tuve que esforzarme para intercambiar algunas frases o entender lo que se conversaba. Al entrar, nos llevaron al living, donde lo primero que vi fue que el televisor estaba encendido y era a color. Eso sí que era novedad para mí y de inmediato preparé mi cámara para traerme ese recuerdo.

La cena fue muy agradable, había abundante y rica comida y pudimos compartir un par de horas con esos amigos de Aurelio.

Como teníamos un largo camino para llegar a casa, a eso de las 10 pm nos despedimos de los dueños de casa y nos encaminamos a tomar el bus que nos acerque hacia el embarcadero para tomar el ferry.

Estábamos tranquilamente esperando el bus cuando de pronto, a lo lejos divisamos que venía un auto de la policía. De inmediato Aurelio me dice, ven, sígueme y nos acercamos a una esquina donde doblamos y nos escondimos para no ser vistos. Una vez que la policía pasó por la calle principal, volvimos a paradero del bus y Aurelio me dijo escuetamente: tengo problemas acá, en Staten Island con la policía. Me quedé muy pensativo y preocupado. Mi corazón se aceleró y mi mente pensaba a mil por hora. Y si nos hubieran detenido? me preguntaba… esto no está bien. Son muchas cosas que se han ido acumulando. Finalmente, todo resultó bien y pudimos embarcar en el ferry con destino a Manhattan.

Como era habitual, Aurelio se puso a conversar con una chica. Los dejé solos y me fui a otro lugar del ferry, específicamente a un segundo piso desde donde había una preciosa vista de Nueva York de noche.

En un instante, algo me pasó y me empecé a sentir mal, un poco mareado. Sentía que me faltaba el aire y tenía mucha sudoración helada. Me asusté y quise ubicar a Aurelio, pero no pude encontrarlo. Eso me angustió más y me sentía cada vez peor. Menos mal que ya estábamos llegando al puerto y pronto bajaríamos y Aurelio tendría que aparecer. En efecto, así fue y cuando éste me vio, de inmediato me preguntó si me pasaba algo pues no tenía buen aspecto. Le conté lo que me pasaba y de inmediato dijo que deberíamos ir a ver un médico. Afortunadamente había un hospital muy cerca del embarcadero y nos encaminamos allá. En el hospital me atendieron de inmediato y muy bien. Me hicieron varias pruebas neurológicas y finalmente concluyeron que lo que había sufrido era una crisis de angustia. Entonces, le recomendaron a Aurelio que me llevara a comer comida china muy picante. Antes de retirarnos del hospital, para variar, Aurelio habló con el encargado de cobrar y luego de una breve conversación, pudimos irnos sin pagar nada.

Nos fuimos lo más rápido posible y me llevó a un restaurant chino cercano donde me pidió una sopa picante la que era muy sabrosa y, obviamente, picante… al terminar y salir del restauran ya me sentía bastante mejor.

Esa noche dormí muy inquieto. Eran demasiadas emociones y situaciones que me desbordaban y a las cuales no estaba acostumbrado y todo eso seguramente me pasó la cuenta, desencadenando la crisis que sufrí en el ferry.

Al día siguiente, domingo, salimos más tarde de casa y pasamos el día en el Central Park. Yo estaba inquieto. Ya estaba en modo regreso a casa y me empecé a poner nervioso pues no sabía cómo pasar los dólares sin que me los encontraran si es que era fiscalizado. Se lo planteé a Aurelio y empezamos a pensar en las posibles soluciones. Ya de regreso en casa, de noche, me dijo que una buena opción podría ser envolviendo los billetes en pequeñas cantidades en film plástico y colocar esos rollos al interior de un tubo de pasta dental. La idea me pareció genial y al día siguiente fui a comprar unas 3 pastas dentales grandes. Como en esa época los tubos eran metálicos y se sellaban por atrás solamente haciendo varios dobleces, sólo había que sacar un poco de pasta e ingresar los envoltorios en el interior de cada tubo. Con eso me tranquilicé y me dispuse a ordenar mis cosas para ya al día siguiente emprender el viaje de regreso.

A pesar de tener casi todo listo, igual tenía cierto grado de nerviosismo por la entrada a Chile y por la emoción de estar terminando la aventura que con tanta ilusión había iniciado hacía 11 días atrás.

No recuerdo por qué medio me fui al aeropuerto, pero a eso de las 4 pm ya iniciaba mi regreso a Chile y el primer paso era subirme al avión que me llevaría de regreso a mi país, poniendo fin a un viaje inolvidable que desde su inicio tuvo un vuelco enorme en relación a lo que tenía medianamente planeado, convirtiéndolo en una verdadera aventura  donde me encontré un ángel que me cuidó.

El vuelo y la llegada a Chile fue sin problemas y pude llegar a casa sin novedad para retomar mi rutina de estudio. Al día siguiente de llegar, fui inmediatamente al colegio y llevé escondida mi radio redonda blanca para mostrársela a mis compañeros. Uno de ellos me dijo: “y tan potente es esa radio que puede escucharse emisoras de Nueva York?”…

Post Data

Efectivamente, a los pocos días de haber llegado a Chile, me llegan 2 cartas a la casa con remitente de la compañía de teléfonos de New York. En cada carta venía un cheque. Uno era de 1.35 dólares y el otro como 2.5 dólares. Algo hizo o dijo Aurelio para que la llamada no sólo saliera gratis, sino que, además, me devolvieran dinero que nunca gasté.

Respecto del otro amigo, Walter, seguí el contacto con el por correspondencia. Luego le visité el año 1999 y estuve en su casa cerca de una semana. Posteriormente estuve viviendo en su casa muchos meses a contar de mayo de 2005. Así, se forjó una preciosa amistad que duró cerca de 47 años. A fines de 2016, él viajó a Argentina a “casarse” y desde ahí que perdí contacto con él. Sé que está bien y que vive en el mismo apartamento de siempre en Queens.

Ya cayendo la noche… / Juan Carlos y Walter

 

En relación a Aurelio, por muchos años mantuvimos correspondencia, hasta que de pronto, aproximadamente el año 1990, desapareció y no respondía mis cartas. Siempre acordándome de él, en el año 2016 intenté ubicarlo por su apellido, primero en las redes sociales y no me fue posible. Entonces busqué a algún familiar y es así como di con uno de sus 14 hijos, el que vive en Guayaquil. Ese mismo año yo viajé a Guayaquil y tuve la oportunidad de reencontrarme con él. Estaba muy desgastado y los años se le vinieron encima. Pasamos casi todo el día juntos recorriendo Guayaquil y sus alrededores. A la fecha, aún vive en Guayaquil.

La radio redonda blanca aún la tengo y funciona perfectamente

Por: Juan Carlos Diez P.
Corresponsal de La Voz Internacional en Chile

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