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Tlatelolco, la matanza en la Plaza de las Tres Culturas

Por: Arturo Alejandro Muñoz

La década del ‘60 fue, a no dudar, una de las más ricas en desarrollo sociopolítico de todo el siglo veinte, pues hubo fuertes explosiones sociales en diversos países cuyas poblaciones buscaban afanosamente  no sólo la libertad política en el más amplio sentido de la expresión, sino, también, la construcción de un futuro que asegurase independencia  respecto de las potencias de la época (USA y URSS).

De esa conmocionada década subsisten aún eventos inolvidables que marcaron una huella transformada en impronta para una generación, así como también ocurrió con algunos movimientos y partidos políticos. Es por ello que 1968 será recordado en la historia de la humanidad como un año de propuestas y agitación social, tanto como de violentas represiones por parte de algunos gobiernos insertos en un establishment que los pueblos cuestionaban.

En esos diez años (1960-1970) hubo relevantes  eventos que estuvieron  cerca del cambio de estructuras y de sistema en algunos países. Los siguientes ejemplos dan fe de lo anterior: el mayo del ‘68 en París;  la primavera de Praga y la brutal invasión de los tanques soviéticos para  ahogar en sangre el breve gobierno democrático de Alexander Doubcek;  el movimiento hippie en California (que culmina el año ‘69 con el monumental Festival-Concierto de Woodstock); las ‘Panteras Negras’ junto a  Stockley Carmichael y Angela Davis, en la lucha por los derechos civiles en EEUU; las masivas (y súper reprimidas policialmente) manifestaciones de la juventud norteamericana en contra de la guerra en Vietnam; las guerras independentistas y anticoloniales en  muchas naciones africanas; la guerrilla del Ché en Bolivia, etc.

También fue marcada esa década por los asesinatos de Martín Luther King, John y Robert Kennedy, y por cierto, Tlatelolco, la espantosa masacre de estudiantes,  obreros y empleados en la Plaza de las Tres Culturas en  Ciudad de México.

ANTECEDENTES  DE LA MATANZA
El hermoso país mexicano fue gobernado durante 71 años por una sola fuerza política: el PRI (Partido Revolucionario Institucional), que se mantuvo en el gobierno desde 1929 hasta el año 2000. Como resulta fácil barruntar, el hecho de que una misma tienda política se establezca en el poder durante siete décadas permite que las puertas de la corrupción -e incluso de la delincuencia común- se abran de par en par en ilícito beneficio de los privilegiados de ese partido…y de sus socios coyunturales, sean estos nacionales o extranjeros.

En el año 1968 gobernaba México un abogado -obviamente del PRI- llamado Gustavo Díaz Ordaz, cuyo nombre y figura ocupan un lugar deleznable en la Historia de ese país, pues diez días antes del inicio de los XIX Juegos Olímpicos, su gobierno liquidó a sangre y fuego a una masiva movilización estudiantil, en la que 400 jóvenes murieron masacrados por disparos del Ejército en la Plaza de Tlatelolco, también conocida como Plaza de las Tres Culturas, y más de 6.000 personas fueron detenidas y encarceladas sin juicios legales.

Todo se inició el 22 de julio de 1968, en un partido de fútbol americano jugado entre equipos universitarios en una de las sedes de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), donde se produjo una gresca general en la que participaron jugadores y público asistente. Sin   mediar solicitudes de las autoridades del plantel universitario, apareció en escena el Cuerpo de Granaderos de la Policía, que invadió las instalaciones y detuvo a decenas de estudiantes.

Días más tarde, varias escuelas universitarias entran en un paro de labores. Una vez más los ‘granaderos’ y el ejército ingresan violentamente a algunas de esas escuelas (Ingeniería, Leyes, Medicina, etc.), y en una de ellas (llamada la Prepa 1) los uniformados -con un disparo de bazooka- destruyen la puerta de ingreso, verdadera reliquia arquitectónica construida y tallada en el siglo XVIII.

El 30 de julio de 1968, el rector de la UNAM, Javier Barrios Sierra, condena públicamente los hechos, iza la bandera mexicana a media asta en la Ciudad Universitaria, y con un emotivo discurso se pronuncia a favor de la autonomía universitaria exigiendo la inmediata libertad de los presos políticos, refiriéndose a los estudiantes detenidos. Ese mismo día, el rector encabeza la marcha por la céntrica avenida de los Insurgentes, donde surge un lema muy común utilizado por el movimiento estudiantil: “¡Únete pueblo!”.

Rápidamente, las manifestaciones de apoyo a los universitarios fueron creciendo y en pocas semanas la totalidad del estudiantado del D.F. (Distrito Federal, o Ciudad de México) se había plegado al movimiento que exigía libertad sindical y gremial, democracia plena y respeto absoluto por los terrenos universitarios. Fue así que el 26 de agosto de ese año ’68, una multitudinaria marcha se dirigió al Zócalo capitalino (la Plaza principal del D.F.), y allí, por primera vez en muchos años, una multitud insulta públicamente al presidente mexicano. Al finalizar la manifestación, uno de los líderes de la gigantesca movilización se pronuncia a favor de quedarse a esperar una respuesta del gobierno, a escasos días del informe presidencial y a pocas semanas del inicio de los Juegos Olímpicos.

En la madrugada del 28 de agosto, el gobierno de Díaz Ordaz respondió a los manifestantes abriendo las puertas del  Palacio Nacional, desde donde salieron tanques del ejército para dispersar a los manifestantes. Estos abandonaron el Zócalo perseguidos por los soldados y policías, pero el ‘Comité de Huelga’ (que funcionaba en la UNAM) organizó la “Marcha del Silencio”, la cual, el 13 de septiembre, contó con más de 20.000 estudiantes marchando por el centro de la ciudad con pañuelos en sus bocas.

Las manifestaciones congregan ya a más de 180.000 personas, y junto a los estudiantes caminan trabajadores y dueñas de casa. La CIA y el FBI están en el punto de mira de las denuncias del movimiento estudiantil. Se forma un Consejo Nacional de Huelga, se comienza a elaborar una lista de estudiantes desaparecidos que integra 25 nombres y se celebran marchas de estudiantes que recorren las calles junto a los carros blindados; todos los efectivos policiales y varios batallones del Ejército se han puesto en alerta, pelotones de infantería, ametralladoras… la embajada de EEUU es custodiada por  dos pelotones del ejército y diez carros blindados.

Lo que reclaman los estudiantes es democracia: la derogación de un artículo del Código Penal  (el llamado delito de opinión), la libertad de varios presos políticos, la destitución del jefe de la policía y el diálogo público entre el Gobierno y los estudiantes. Ya habían sufrido la represión, las detenciones y denunciaban la existencia de secuestrados y desaparecidos.

Enfurecido ante el crecimiento de las protestas estudiantiles y el apoyo que estas comenzaban a recibir por parte de gremios obreros y profesionales, el presidente Díaz Ordaz dio el paso definitivo hacia el enfrentamiento final ordenando al ejército que invadiera y ocupara -‘usando el poder de fuego si fuese necesario’- la Ciudad Universitaria de la UNAM. Los militares golpearon indiscriminadamente a decenas de estudiantes e incluso a periodistas sitos en el lugar, ocupando -con armas en la mano- todas las dependencias y transformando a la UNAM en un vulgar cuartel militar.

El rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, el día 23 de septiembre renunció a su cargo como forma de protesta ínclita ante tales atropellos a la libertad, a la inteligencia y a la autonomía universitaria.

LA MASACRE
Obviamente, las protestas estudiantiles no se acallaron. Las manifestaciones crecieron en tamaño hasta que el 02 de octubre, luego de nueve semanas de huelga estudiantil, 15.000 estudiantes de varias universidades marcharon por las calles de la ciudad, llevando claveles rojos para protestar por la ocupación del campus universitario.

Al atardecer, los estudiantes se congregaron en la céntrica Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. La plaza comienza a llenarse, acuden también muchos obreros, niños, mujeres, que muestran su simpatía hacia las reivindicaciones del movimiento, pero los carros blindados del Ejército convierten el lugar en una ratonera.

Al final del día fuerzas militares y policiales, equipadas con coches blindados y tanques de guerra, rodearon completamente la plaza. Ya de noche, un helicóptero del ejército sobrevuela el lugar y lanza sobre la plaza una bengala de color verde. Es la señal.  Los militares responden a la orden y abren fuego, apuntando a las personas que protestaban y a las que pasaban en ese momento por el lugar. En breves minutos  una masa de cuerpos ensangrentados cubrió toda la superficie de la plaza. Los soldados del tétrico “Batallón Olimpia” -usando un guante blanco en la mano izquierda como distintivo ya que se infiltraron en la manifestación vistiendo ropas de civiles- fueron responsables de por lo menos un centenar de asesinatos a mansalva.

Miles de jóvenes y obreros son detenidos a culatazos y  tajos de bayonetas, desnudados y colocados contra la pared con las manos en alto. Un  coronel de ejército, antes de ordenar el apaleo de los muchachos, les gritó: “hijos de la chingada…yo les voy a dar la revolución que quieren”. Luego de una feroz golpiza, los detenidos fueron llevados a cuarteles policiales y carcelarios, sin juicio alguno, donde muchos de ellos permanecieron encerrados durante dos y tres años.

Mientras tanto, la masacre continuó durante la noche; los soldados allanaron los edificios de departamentos adyacentes a la plaza cometiendo todas las barbaridades posibles de imaginar (y que los chilenos conocemos, desgraciadamente, de primeras aguas por experiencia histórica). Testigos de los hechos aseguran que decenas de cuerpos exangües fueron retirados del lugar en camiones de basura.

La explicación oficial del incidente fue que provocadores armados, ubicados en los edificios que rodeaban la plaza, iniciaron el tiroteo, y las fuerzas de seguridad respondieron en defensa propia. El gobierno intentó ocultar el número de víctimas, la prensa extranjera habló de 500 muertos. Los familiares de las víctimas se vieron obligados a certificar otras causas de defunción para poder recuperar los cadáveres.

La censura se volvió  férrea. Hubo 6.000 detenidos;  2.000 de ellos fueron encarcelados, algunos durante varios años, sin juicio, o con procesos amañados y sin garantía alguna de defensa. El gobierno culpó a «elementos nacionales y extranjeros», acusó a los estudiantes detenidos de terroristas, y desencadenó una brutal represión que obligó a muchos a exiliarse o abandonar la universidad, asunto que se extendió durante los años posteriores.

Sin embargo, diez días después de la masacre, el 12 de octubre de 1968, Díaz Ordaz inauguraba los Juegos Olímpicos lanzando al aire miles de palomas blancas y repitiendo el lema oficial de esos juegos: “Todo es posible en la paz”. Fue aquel un acto hipócrita que muy poca prensa en el mundo calificó asertivamente de tal.

JUSTICIA, POCA Y TARDÍA
Tres décadas después de la masacre, en octubre de 1997, el Congreso mexicano formó un comité para investigar la matanza de Tlatelolco. Ese comité tomó testimonio a varios testigos y activistas políticos involucrados en los hechos ya reseñados, incluyendo al ex-presidente de México Luis Echeverría Álvarez (quien en aquella época era Secretario de Gobernación). Echeverría admitió que los estudiantes estaban desarmados y también sugirió que la acción militar fue planificada anticipadamente para destruir o debilitar el movimiento estudiantil.

En octubre de 2003 (35 años más tarde de la masacre), se conoció la participación del gobierno de los Estados Unidos en la matanza cuando el National Security Archive de la Universidad George Washington publicó documentos de la CIA, el Pentágono, el Departamento de Estado, el FBI y la Casa Blanca, los cuales pertenecían a la administración de Richard Nixon y  Henry Kissinger  (quienes, años más tarde ordenarían a la misma CIA apoyar a la ultraderecha chilena para derrocar el gobierno constitucional de Salvador Allende).

Respecto de los acontecimientos acaecidos en México, esos documentos, de manera indesmentible, detallan que:

1.- En respuesta a la preocupación del gobierno mexicano por la seguridad de los Juegos Olímpicos, antes y durante la crisis, el Pentágono envió al país más instructores en lucha antisubversiva, armas, municiones, material para control de protestas y equipo sofisticado de comunicación militar.

2.- Entre julio y octubre (de 1968) los numerosos agentes de la CIA que se encontraban en el país reportaban casi diariamente los hechos que ocurrían dentro de la comunidad universitaria y del gobierno. Seis días antes de la masacre, el Secretario de Gobernación, Luis  Echeverría, y el director de la oficina mexicana de Seguridad Federal dijeron a varios agentes de la CIA que la “situación se controlaría drástica y brevemente”.

3.- El mismísimo Presidente mexicano, Gustavo Díaz Ordaz, era miembro de la  Agencia Central de Inteligencia desde hacía varios años, pues fue reclutado por agentes norteamericanos no bien alcanzó un grado significativo de notoriedad política al interior del PRI (nota: desde la perspectiva constitucional y legal, Díaz Ordaz, al trabajar para una nación extranjera en calidad de agente-espía, se constituyó en un traidor a su patria, pero nunca fue juzgado por ello).

Los responsables de la insólita matanza de estudiantes y obreros en la Plaza de las Tres Culturas, fueron el Presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, junto a su Secretario de Gobernación (Luis Echeverría Álvarez) y al Secretario de la Defensa Nacional (Marcelino García Barragán).

Dos años más tarde, en 1970,  ocuparía la Presidencia de México la misma persona que fue Primer Secretario de la Gobernación  -Luis Echeverría Álvarez- innegable responsable de la masacre de Tlatelolco…pero el PRI seguía siendo el dueño de la vida y destino de los mexicanos, por lo que nada le importó llevar al sillón presidencial nuevamente a uno de sus más conspicuos asesinos, ya que le bastaba seguir contando con el apoyo de Washington y del Pentágono que, en aquella época,  mostraban interés casi exclusivamente en estructurar en América Latina una política de “Seguridad Nacional” anticomunista, antiprogresista, anti libertaria, anti independentista.

AGREGADO FINAL
En el mes de abril de 1977, Díaz Ordaz fue nombrado Embajador de México en España, una especie de “premio” otorgado por el PRI debido a su actuación en Tlatelolco en 1968. No obstante, las autoridades españolas, oficialmente, enviaron duras críticas al gobierno mexicano por el caprichoso y altanero comportamiento del embajador Díaz, a la vez que la prensa hispana  abundó en portadas, crónicas y artículos relativos a los acontecimientos de Tlatelolco. Acusado por millones de dedos de cien naciones, Díaz Ordaz renunció a su cargo diplomático y fallece, finalmente, en Ciudad de México el año 1979.

El 27 de noviembre de 2001, el entonces presidente Vicente Fox creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) y puso a su frente a Ignacio Carrillo Prieto, quien pidió el procesamiento del ex Presidente Luis Echeverría acusándolo de genocidio por la masacre de estudiantes y trabajadores en la Plaza de las Tres Culturas el año ’68.

En enero de 2005 la FEMOSPP solicitó la aprensión de 55 personas presuntamente responsables de la Matanza de Tlatelolco, considerando que el ex-Presidente Echeverría debería ser consignado ante un juez penal federal junto con otros políticos, militares, policías y empresarios que también eran catalogados como sospechosos de la matanza.

En noviembre de 2006 se ordenó  la detención de Echeverría, con arresto domiciliario debido a su avanzada edad, pero se le concedió un amparo y se retiró el arresto. Acto seguido, se le exoneró por considerarse que no había pruebas para inculparlo como responsable de los hechos, aunque se admitió que sí hubo un genocidio planeado y ejecutado desde el gobierno mismo.

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