El coronavirus avanza por nuestro mundo al mismo ritmo que avanza el miedo, la ansiedad y la histeria. Ciudades vacías, aisladas, supermercados desabastecidos, pudiera parecer una película de ciencia ficción pero por desgracia es una realidad que nos ha tocado vivir.

Nos parece obvio que se agote la lejía, las mascarillas, los guantes, incluso el arroz y la pasta, pero ¿qué ocurre con el papel higiénico? ¿Por qué este producto se ha convertido en lo más deseado del comercio?

En primer lugar, es un bien perfecto para almacenar, no es perecedero, lo vamos a consumir sí o sí, no hay dudas, y además se relaciona con una función corporal obligatoria, pase lo que pase vamos a seguir ‘haciéndolo’; es escatológico y lo tenemos asumido relativamente como un tabú social.

No es ninguna tontería, a nivel psicológico asociamos el papel higiénico con el control, con la limpieza; utilizarlo es un acto humanizado y rutinario desde que tenemos uso de razón.

Nunca nos hemos visto desprovistos de este recurso en nuestro día a día y cuando en una situación excepcional no hemos podido acceder a éste… lo hemos pasado realmente mal.

La clave es que aunque no sea útil para sobrevivir queremos evitar caer por debajo de ciertos estándares de vida. Se trata de una ‘salvaguarda psicológica’ ante el miedo y la incertidumbre que decidimos resolver aplicando el principio de ‘por si acaso’.

Si nos quedamos sin brócoli, patata, o huevos para la cena, encontraremos otra opción y podemos cambiar el menú pensado, pero el papel higiénico no tiene alternativa. No hay más opciones.

El factor ‘asco’ también esta ahí presente si pensamos en limpiarnos sin papel y es una emoción primaria muy potente que nos mueve a la acción para evitarlo a toda costa.