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LOS MUERTOS DEL MELADO

Gran parte de Chile ha sido construida a golpe de pala, chuzo y sangre por trabajadores explotados hasta la muerte. El túnel y canal del Melado es un ejemplo de ello, pero se olvida rápido, por eso hay que recordarlo de vez en cuando…

Sólo se muere una vez, pero tarde o temprano, se muere. Ese destino humano es inevitable; nadie escapa a ese final. El asunto que preocupa  no es la muerte en sí misma, sino más bien el cómo se muere. O qué tan bien o mal se ha vivido, lo que en cierto modo determina cuán desagradable es el término de la propia existencia.

Las disquisiciones anteriores pueden parecer infantiles para aquellos que llevan una vida sin sobresaltos económicos, físicos ni espirituales; pero quienes hubieron de soportar una larga letanía de hambrunas, malos tratos, desesperanza y carencia de horizonte, la muerte -en cierto modo- les sabe a descanso.

Las decenas de trabajadores asesinados en la construcción del Canal Melado responden al aserto último. La egoísta mano de la fortuna y el manto veleidoso de una sociedad clasista y subdesarrollada jugó siempre en su contra. Nacieron pobres, vivieron pobres y murieron en la indefensión y el olvido, pese a haber trabajado como verdaderos animales sin contar siquiera con derecho a descanso. Fueron víctimas de un sistema que los expolió sin conmiseración, un sistema proclive a considerarlos mano de obra barata y desechable. En su época, nadie supo de sus existencias y menos aún de sus muertes. Pero el registro histórico de lo ocurrido cobra  vigencia a través de estas escasas líneas.

A mediados de la década de 1930 los latifundistas de la actual Región del Maule -con el apoyo del gobierno de Arturo Alessandri Palma- decidieron construir un extenso canal que uniera las aguas del río Maule con las del Perquilauquén. Ochenta kilómetros de longitud trazados a golpe de chuzo, pico y pala, a mano limpia, sin maquinarias ni ingeniería.

Cientos de trabajadores fueron reclutados  en los campos vecinos, y otros llegaron voluntariamente desde provincias distantes. Todos querían obtener algunas díscolas monedas para alimentar a los suyos. La gran crisis económica y mundial de la década del año treinta golpeaba inmisericorde a los más desvalidos. Cualquier ‘pega’ era buena si ella reportaba unos pocos billetes y algo de comida.  La construcción del canal Melado aseguraba, al menos, un plato al día y la promesa de pago cada fin de mes.

Los capataces formaban cuadrillas de trabajadores en  cada sector de la obra y se responsabilizaban por la eficacia de la labor así como por el pago a los obreros. Los ‘paleros’, ‘chuceros’ y ‘piqueros’ vivían en condiciones indignas, hacinados en grupos de a diez bajo una burda ramada que ellos mismos levantaban a guisa de dormitorio, en medio de la feraz naturaleza, cerca del río y bajo lluvias inclementes. Con la primera luz diurna se iniciaban las faenas que terminaban una hora después de que la oscuridad se adueñara del paisaje. De lunes a domingo, sin descanso ni tregua. A chuzo, pico y pala, a ñeque y sudor, con un corto descanso a mediodía para que aquellos que hubiesen conseguido algún tipo de alimento pudiesen tragarlo vertiginosamente, pues el capataz obligaba volver a la pega lo más pronto posible. Los remolones eran ‘cortados’ de inmediato y debían  hacer abandono del campamento en menos de quince minutos. Sin pago, sin explicaciones y rapidito, antes que una lluvia de palos y patadas le sacudieran la modorra.

Túnel del Melado

Al aproximarse el día del pago comenzaba la ‘rebaja’. Misteriosamente iban a apareciendo en medio de bosques y malezas los cuerpos de trabajadores asesinados con un picotazo o un chuzazo en la espalda. Cada fin de mes los muertos se contaban por docenas. Las cuadrillas raleaban, pero los capataces se embolsaban el salario de los fallecidos y ese dinero jamás llegaba a manos de los deudos que, muchos años después, se enteraron de la suerte corrida por su familiar.  Un pequeño porcentaje del ‘ahorro’ era redistribuido entre el resto de los obreros, pero la parte del león quedaba siempre en manos del jefe de las cuadrillas.

Obviamente, en algunas ocasiones el ‘rebajado’ fue uno de los capataces, pero ello constituyó excepción a la regla. Lo que por cierto no fue óbice para que la habitualidad siguiera constituyendo una masacre mensual de obreros, ya que encontrar reemplazos era asunto fácil, pues la cesantía y el hambre apretaban las almas de los chilenos desde Arica a Punta Arenas por lo que bastaba instalar un cartel en la plaza pública de cualquier pueblo de la zona central para agenciarse nuevos brazos y trasladarlos a la aislada zona de labores.

El canal el Melado fue finalmente construido, y los sobrevivientes regresaron a sus pagos tratando de olvidar los luctuosos sucesos ocurridos en sus riberas. Sabían que la clase política no se interesaría en sus demandas ni prestaría oídos a sus relatos. Algunos viejos obreros contaron lo acaecido en esas latitudes de montaña y  valles ocultos, pero los señores parlamentarios estaban ocupados en asuntos mayores e insinuaron que lo sucedido en el Melado no ameritaba siquiera una alocución en el Congreso.

Francisco ‘Panchito’ Gutiérrez Ortega, viejo luchador que vivió indirectamente esas experiencias como sobrino de uno los trabajadores, nos relató los hechos y asegura que los muertos del Melado superan la  centena. Fue él quien nos contó la azarosa travesía efectuada por el ‘Candela’, un muchachón de  veinte años de edad que desde las alturas del Melado bajó el cadáver de su propio padre en la grupa de un mulo para darle cristiana sepultura en un cementerio ya olvidado.

Demoró tres días en llegar hasta las cercanías de Parral. Cada noche de las tres que ocupó en su travesía  bajó el cuerpo de su progenitor para colocarlo, sentado y cubierto por una manta,  junto a la improvisada fogata en la que calentaba agua para beber algo de café de higo y mordisquear algunas moras recolectadas al azar.  Finalmente, ya en Parral, hubo de abrir con propia mano una tumba y sepultar a su taita sin la presencia de cura ni enterrador.

Los muertos del Melado nos recuerdan no sólo al viejo Chile, sino que confirman que el nuevo Chile es producto de la sumatoria de explotaciones, hambrunas, inquinas sociales y olvido oficial experimentado por miles y miles de trabajadores cuyas espaldas soportaron incluso las ansias asesinas de sus patrones ocasionales.

“No sigan allí sentados, pensando que ya pasó…es Chile un país tan largo que mil  cosas pueden pasar”. Y siguen ocurriendo. De ello, miles de temporeros agrícolas y mapuche podrían dar fe hoy día.

Por: Arturo Alejandro Muñoz

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