RÍO DE JANEIRO — Incluso en la muerte continuaba el regateo.

Christian Esmério era el elegido, su familia estaba segura de ello.

Tenía 15 años y destacaba. Era un futbolista de sonrisa fácil que ocultaba su habilidad debajo de los tres palos. Ya había pláticas sobre contratos, y sobre la compra de una casa para sus padres, que habían depositado sus ahorros en el sueño de que su hijo podría ser la siguiente gran exportación brasileña del futbol: el próximo Ronaldo, Romario o Neymar.

Ahora, su padre esperaba aturdido afuera de un edificio de oficinas en Río, rodeado de abogados. Apenas unos días antes, Christian había muerto por quemaduras en un incendio ocurrido en la academia juvenil de uno de los clubes de futbol más famosos de Sudamérica, el Flamengo. Fue uno de los diez jugadores que perdieron la vida.
Las muertes dejaron a la vista la línea de producción más grande del futbol internacional y generaron cuestionamientos sobre un aparato brutal que engulle a miles de jóvenes brasileños por cada estrella que acuña.

Era hora de descubrir la respuesta para una pregunta: ¿cuánto valía Christian?

El juego detrás del juego

“Sueños”.

La palabra flotó en el aire mientras Rafael Stival suspiraba.

La empresa de cazatalentos que encabeza Stival había publicado una nota en Facebook, en la que lamentaba la muerte de tres de sus graduados en el incendio de las instalaciones del Flamengo. A partir de entonces, los mensajes llegaron a raudales.

No fueron condolencias. Sin querer, la publicación de Facebook actuó como un anuncio —una señal para padres ambiciosos que buscaban que la organización de Stival pudiera hacer que sus hijos no solo entraran a cualquier club, sino al gran Flamengo—. Querían que Stival les diera una oportunidad a sus hijos.

Es un mundo poblado por una variedad de actores, algunos con hambre de gloria, pero a casi todos les atrae la oportunidad de escapar de la pobreza, incluso la idea de hacerse ricos.

Están los chicos, por supuesto, y sus familias. También están los inversionistas y los intermediarios como Stival, quien rastrea un país del tamaño de un continente en busca de prospectos que pueden tener desde 9 años. Además, están los equipos, muchos en un estado de tal caos financiero que solo la venta de su última estrella los mantiene a flote.

Las ganancias generadas por invertir de manera inteligente, y a una edad temprana, en incluso solo un jugador, pueden alcanzar las decenas de millones de dólares.

Para muchos en el deporte, la industria ha crecido fuera de control y ha dado paso a un sistema que tiene como objetivo desarrollar futbolistas prometedores en un mercado internacional que ahora vale 7000 millones de dólares al año, de acuerdo con la FIFA. En este entorno especulativo, se compran y venden jóvenes atletas con talento —algunos de ellos niños— como si fueran cualquier otra materia prima. En Brasil, para hacer referencia a los mejores incluso se les nombra así: “piedras preciosas”.
Una noche en llamas
Nadie sabe con certeza cuántos niños hay en el sistema de futbol juvenil de Brasil.

No hay cifras oficiales. Los estimados oscilan entre doce mil y quince mil, pero es una cantidad difícil de corroborar. La federación brasileña de futbol no hace ningún esfuerzo por rastrear jugadores sino hasta que cumplen 16 años y se vuelven profesionales.

Sin embargo, sí se sabe una cosa: la noche del incendio ocurrido el 8 de febrero en las instalaciones del Flamengo, más de dos decenas de niños —la mayoría de familias pobres y todos con la esperanza de cumplir un sueño— descansaban en un dormitorio del club.

En un país obsesionado con el futbol, el Flamengo se enorgullece de ser uno de los equipos más populares, con una fortuna envidiada por sus rivales en toda Sudamérica. No obstante, pareciera que esa adoración y ese poder hubieran sido los responsables de que durante años el Flamengo escapara de cualquier tipo de control relacionado con el trato a los niños bajo su cuidado.

En 2015, procuradores estatales de Río de Janeiro demandaron al Flamengo por las condiciones de su centro de entrenamiento. Los procuradores citaron fallas en la protección de los menores, al declarar que las condiciones eran “incluso peores que las que se les ofrecen en la actualidad a los delincuentes juveniles”.

En 2017, los funcionarios de la ciudad emitieron una orden para cerrar las instalaciones, pero nunca la ejecutaron y limitaron sus sanciones a decenas de multas.

En años recientes, el Flamengo gastó millones de dólares para mejorar su academia de juveniles. El año pasado, representantes del club se vanagloriaron de las nuevas instalaciones al decir que serían las mejores de Brasil.

Sin embargo, durante la noche del incendio, el dormitorio con veintiséis niños dormidos era una estructura improvisada, que consistía de seis contenedores de acero fundidos juntos. Nunca había sido inspeccionado, de acuerdo con las autoridades locales.

Entrevistas con los sobrevivientes del fuego y los funcionarios que lo investigaron reveló una serie de fallas que pudieron contribuir a la muerte de los chicos:

— Las regulaciones federales exigen al menos un cuidador por cada diez niños, pero no había ningún adulto presente al momento del incendio.

— Los sobrevivientes dijeron que la única salida del dormitorio estaba en el extremo más lejano. Algunos de los jóvenes posiblemente estaban en camas a una distancia superior al límite de 10 metros que exigen las regulaciones.

— Las habitaciones tenían puertas corredizas, otra violación porque se pueden atorar.

— Además, aunque cada habitación tenía una ventana, las salidas estaban cubiertas con rejillas.