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LA CASA ROSCHAUFFEN

Arturo Alejandro Muñoz

P R Ó L O G O

La “Casa Roschäuffen”, verdadero castillo ubicado en una estancia ovejera y ganadera en la Patagonia chilena, perteneció durante un cuarto de siglo a la familia Torralba-Ponce de León, quien la abandonó sólo cuando la situación fronteriza con Argentina estuvo al borde de una guerra, el año 1978.

Había sido construida por un inmigrante europeo, de origen poco claro, que apareció una tarde del mes de marzo del año 1878 en las polvorientas calles de Curicó, portando como único patrimonio el baúl de dimensiones gigantescas que soportaba con estoicismo el asno que también era de su propiedad.

El hombre, cuya edad cifraría los treinta años, dijo provenir de Mendoza, Argentina, donde había trabajado en los viñedos de don Armando Gaitúa y Mendizábal, en calidad de capataz de obreros.

Hablaba un castellano cerrado, tal como lo hacen los alemanes que aprenden la lengua de Cervantes, pero ello no impedía su comunicación ni la cabal interpretación de las palabras y conceptos que escuchaba.

Dada su condición de extranjero, y europeo por añadidura, los patrones de los fundos curicanos se entusiasmaron prestamente con este rubio exponente de razas lejanas y confiaron en la mentada capacidad administrativa que aseguraba poseer.

La misma tarde del día de su llegada, el joven recibió la oferta de trabajar en el fundo “La Moraleda”, de propiedad de don Alejandro del Fraile y Ortega, casado con la aristocrática Mercedes Sánchez De la O, dueña a su vez, por herencia familiar, de la magnífica extensión de terrenos agrícolas que se alzaba al oeste de la localidad conocida como Isla Marchant.

Los sucesos acaecidos en las verdes praderas curicanas a partir del ingreso del joven a “La Moraleda”, dieron origen a un sinnúmero de habladurías y controvertidas versiones, las que aumentaron su caudal infamante una vez que terminó el sangriento episodio de la “Guerra del Pacífico”, en el cual los ejércitos de Chile, Perú y Bolivia, se enfrentaron fieramente durante cuatro años en las serranías de la pampa nortina y en el altiplano andino.

Al finalizar el conflicto bélico, don Alejandro del Fraile y Ortega, que había participado en la conflagración con el grado de coronel, comprometió parte importante de su fortuna en actividades mineras en el Norte Grande, abriendo casa en la recién conquistada ciudad de Antofagasta y llevándose con él a su hija Purísima del Fraile Sánchez, de melancólicos 17 años de edad y poseedora de una belleza salvaje, así como de un carácter arisco e independiente.

Pocos supieron, en esa época, que la joven Purísima era arrastrada por su progenitor hacia el norte misterioso únicamente para esconder una vergüenza ominosa.

Estaba embarazada. La joven se había negado, tajantemente, a dar el nombre del padre de su criatura. Ello había provocado además el suicidio de doña Mercedes.

Incapaz de soportar tanta vergüenza, la bella aristócrata se quitó la vida cortando sus venas, luego de haber ingerido más de un litro de aguardiente. Todo por causa del mismo hombre.

Se sospechó del eficiente capataz. Este había desaparecido misteriosamente de Curicó pocos días antes que las tropas regresaran triunfantes desde las soledades del desierto.

Don Alejandro se encontró con la ingrata nueva que su magnífico hombre de confianza había marchado hacia algún lugar en el sur de Chile. Nada faltaba en su fundo. Todo estaba en orden. Sin embargo, las autoridades civiles del pueblo le aseguraron que el rubio europeo partió de esa zona con una verdadera fortuna en sus faltriqueras.

Ya en Antofagasta, años después, don Alejandro se enteró que su antiguo capataz era propietario de una estancia ganadera en las cercanías de Punta Arenas, donde había levantado una ostentosa vivienda con maderas de las Guaitecas, alhajada con los mejores mobiliarios traídos desde Marsella, Londres y Hamburgo.

Utilizando sus inmejorables contactos políticos y su propia fortuna, el señor Del Fraile y Ortega contrató asesinos de la pampa y los envió a la zona austral con un solo objetivo: asesinar al rubio europeo.

Ese fue el primer paso conocido de la desgraciada historia que curicanos, antofagastinos y puntarenenses comentaron por años en los corrillos que se formaban alrededor de un asado al palo, cuando la ingesta de vino y aguardiente soltaba las lenguas y desamarraba las aprensiones.

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