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¿Está en jaque el “sueño americano” en Los Ángeles?

Beverly Hills

Arturo Alejandro Muñoz

Poca duda cabe que para muchos ciudadanos del mundo “el sueño americano” fue una realidad, específicamente en varias décadas del pasado siglo veinte cuando millones de personas, provenientes de naciones hambreadas por malos gobiernos o por guerras desastrosas, luchaban con uñas y dientes para arribar a territorio de los Estados Unidos de Norteamérica.

Hoy, cientos de personas abandonan la ciudad de Los Ángeles, en California, escapando de una realidad que  les asfixia y les decepciona. La cruda nota escrita por Caroline Graham para el Daily Mail de Londres, así lo demuestra. En uno de sus párrafos escribe lo siguiente:

<<Tiendas de campaña improvisadas se alinean en el popular destino turístico de Venice Beach. Los letreros de ‘Se vende’ aparentemente están salpicados en todas las calles suburbanas mientras las clases medias, particularmente las que tienen familias, huyen hacia los suburbios más seguros, y muchos eligen abandonar Los Ángeles por completo (…) Los adictos y las personas sin hogar, muchos de los cuales son claramente enfermos mentales, caminan por las calles bordeadas de palmeras como zombis, a solo tres cuadras de casas multimillonarias con vista al Pacífico. Las bicicletas robadas se amontonan en las aceras llenas de jeringas rotas (…)  Hoy, Los Ángeles es una ciudad al borde del abismo. Los letreros de ‘Se vende’ aparentemente están salpicados en todas las calles suburbanas mientras las clases medias, particularmente las que tienen familias, huyen hacia los suburbios más seguros, y muchos eligen abandonar Los Ángeles por completo>>.

Alguna vez el genial escritor y dramaturgo español Enrique Jardiel Poncela aseguró, con un dejo machista ya superado en nuestra época, que “la belleza de la mujer fracasaba en el codo”. Parafraseando al gran intelectual ibérico, ¿será California ‘el codo’ de los Estados Unidos de Norteamérica?

Recordemos que California fue el gran sueño para millones de estadounidenses y de migrantes que, en los siglos diecinueve y veinte, deseaban concretar con ardiente esperanza. Desde antes que se desatara la fiebre del oro el año 1848 y que atrajera a miles de inmigrantes sedientos por enriquecerse llenando las calles de San Francisco, ya era asunto conocido que California actuaba como un espejo de brillantes diademas ante los ojos de millones de desesperados venidos desde el medio oeste y desde la costa atlántica, a los que se sumaban miles de extranjeros procedentes de los lugares más variopintos del planeta, como México, Rusia, Polonia, Grecia, Italia, Irlanda, Alemania, etc.

A comienzos del siglo diecinueve el entonces pequeño poblado llamado Los Ángeles se transformó en una ciudad con algo más de seiscientos habitantes, la mayoría de ellos indígenas de la zona y mexicanos. Ya en 1848 pasó a formar parte del territorio de los Estados Unidos mediante un tratado. A finales de ese siglo Los Ángles destacaba por su actividad petrolera, sin embargo sería una pequeña ciudad anexa a ella la que le daría finalmente su principal característica. Hollywood y la filmografía le cambiaron el rostro a a la vez que le marcaron su destino.

Paseo de la Fama, Hollywood

Fue así que Hollywood y Los Ángeles dibujaron la mejor perspectiva del ‘sueño americano’ tan publicitado –también a través del cine- por los estadounidenses de la costa oeste, asunto que por cierto pavimentó la llegada de miles de personas procurando no sólo un trabajo y una vivienda, sino también (muchas de ellas) queriendo alcanzar fama y fortuna en el estrellato filmográfico, o en labores aledañas al mismo.

Durante casi un siglo Los Ángeles fue, en realidad, el exponente inmaculado del ‘sueño americano’, aún si este tuviese ciertas manchas de discriminación racial y de una severa brecha entre ricos y pobres. Realmente, para muchos latinoamericanos California, y L.A. en especial, era algo así como la tierra prometida, un paraíso, un país de oportunidades. Como nunca antes el sistema capitalista funcionó mejor que en ese estado a lo  largo de la segunda mitad del siglo veinte, hasta que la ciudad que albergaba a dieciocho millones de habitantes comenzó a experimentar las consecuencias de sus contradicciones internas, que eran las mismas que experimentaba el sistema a lo ancho del planeta…pero en Los Ángeles, la Ciudad de los Sueños,  se sentían con mayor fuerza.

Hoy día, la división entre ricos y pobres se ha hecho más vidente que nunca. Unas 66.000 personas ahora duermen a la intemperie todas las noches en Los Ángeles, un 12,5 por ciento más que el año pasado. Y ya hay quienes culpan de ello al actual presidente, Donald Trump, por “no haber hecho nada a favor de los pobres”, como aseguró un trabajador de caridad que se dedica laborar en dos baños portátiles frente al edificio de Google, confidenciando que ha debido atender a personas víctimas de sobredosis de drogas, y limpiar el lugar retirando jeringas al por mayor.

La periodista Claire Graham, en su nota publicada por el Daily Mail, aseguró que “una ciudad de tiendas de campaña improvisada hecha de lonas ondeando y cajas de cartón rodea el gimnasio (¿de Venice Beach?) por todos lados. Los adictos y las personas sin hogar, muchos de los cuales son claramente enfermos mentales, caminan por las calles bordeadas de palmeras como zombis, a solo tres cuadras de casas multimillonarias con vista al Pacífico. Las bicicletas robadas se amontonan en las aceras llenas de jeringas rotas”.

La verdad es que los boletines de televisión están llenos de historias de terror de toda la ciudad; de mujeres atacadas durante su trote matutino o residentes que regresan a casa y encuentran extraños defecando en sus jardines delanteros. Hoy, Los Ángeles es una ciudad al borde del abismo. Los letreros de ‘For Sale’ aparentemente están salpicados en todas las calles suburbanas mientras las clases medias, particularmente las que tienen familias, huyen hacia los suburbios más seguros, y muchos eligen abandonar Los Ángeles por completo.

Pobreza en Los Ángeles

La prensa londinense informa que el virus (Covid-19) sólo empeoró las cosas. Hay campamentos para personas sin hogar en algunas de las trampas para turistas más reconocibles al instante. Las aceras de Hollywood Boulevard, incrustados con estrellas brillantes que representan a aquellos que lograron su sueño de fama y fortuna, se parecen a un barrio de mediaguas (chabolas) chabolas del Tercer Mundo más que al corazón de la segunda ciudad más grande de Estados Unidos. Fuera del Teatro Chino, donde los turistas acostumbraban posar junto a “parecidos” a grandes artistas, hoy pululan vagabundos que ruegan por una limosna.

La cuestión es que, finalmente, muchas familias de clase media han abandonado L.A. buscando seguridad y tranquilidad para ellas y para sus hijos, siguiendo el ejemplo inicial entregado por personajes de Hollywood que se adelantaron al quiebre de la que fuera esa esperanzadora frase del ‘sueño americano’.

Es cierto que figuras relumbrante como Nicole Kidmann, el príncipe Harry y su esposa Meghan, Robert Downey Jr., Tom Hanks, Joe Rogan, Craig Dorfmann, Leah Forester, Dana Brunetti y muchos empresarios, profesionales, técnicos y trabajadores calificados, se percataron que  la pandemia les permitió entender que no necesitaban vivir específicamente en Los Ángeles para seguir trabajando allí, y con mayor razón todavía si esa ciudad, para ellos así como también para miles de sus habitantes, había sido un lugar bello al que arribaban personas talentosas de todo el planeta, pero ahora sus calles se asemejaban a Puerto Príncipe (Haití) después del terremoto que la echó al suelo. Para esas miles de personas, L.A. es hoy un sitio peligroso y sucio, donde el trabajo y el esfuerzo parecen haber desaparecido dejando campo abierto a la delincuencia y la drogadicción. Por ello se van. Por ello proliferan los letreros “Se Vende” en muchos de sus barrios.

Sin embargo, los pobres siguen allí a la espera de ayuda y soluciones. Los Ángeles también, al igual que la otrora vieja frase que hablaba del ‘sueño americano’, ya que en la ‘ciudad de los sueños’ son más de cinco millones las personas que viven en el umbral de la pobreza.

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