Publicidad

“Esta situación ya lo sabía todo el mundo”, dice Irineo Mujica, coordinador de la organización mexicana ‘Pueblo Sin Fronteras’, en referencia al nuevo flujo de migrantes centroamericanos que tiene otro capítulo cuando el sábado de la semana pasada se dio inicio a una caminata desde San Pedro Sula, Honduras, rumbo al norte. Primero eran cerca de 1,000, entre hombres, mujeres y niños; el miércoles sumaban más de 4,000. Los vaticinios indican que el grupo seguirá creciendo a medida que se acerca a la frontera entre Guatemala y México.

“Mire, la situación en Honduras y en el resto de los países del área es intolerable”, agrega el activista. “La violencia ha rebasado a los gobiernos. Por eso la gente está huyendo, escapando, empujados por la pobreza extrema. Hay mucha miseria. Todo se ha vuelto un desastre debido a la corrupción y por eso la gente busca nuevas oportunidades, una nueva vida”.

La caminata deriva del Viacrucis del Migrante, una marcha que desde el 2010 se lleva a cabo entre Tapachula y el Distrito Federal de México para llamar la atención sobre los problemas de los países del Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras), un tema que se volvió internacional, en parte, porque Donald Trump le declaró la guerra en su cuenta de la red social Twitter.

“México tiene todo el poder para no dejar esas grandes ‘caravanas’ de gente entrar en su país. Tienen que pararlos en su frontera norte, algo que pueden hacer porque sus leyes fronterizas funcionan, no dejarlos pasar hasta nuestro país, que no tiene leyes fronterizas efectivas”, escribió el mandatario el 2 de abril.

Las presiones de Trump no funcionaron. México dejó pasar a los migrantes y cientos de ellos se dirigieron luego a la frontera con Texas para pedir asilo. La respuesta de la Casa Blanca fue implementar su política de ‘tolerancia cero’ que incluyó presentar cargos criminales a quienes entran por lugares no autorizados, quitar forzosamente a sus hijos tras levantarles cargos criminales, rechazar los pedidos de asilo y acelerar sus deportaciones, algunos sin sus pequeños, quienes fueron enviados a centros de detención y otros a hogares sustitutos.

El éxodo de los 80
Las caravanas del 2018 tiene muchas similitudes con el éxodo de los ochenta, durante el gobierno de Ronald Reagan. Por aquellos años se registró un movimiento de personas que no se veía desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Miles de migrantes centroamericanos, principalmente originarios de El Salvador, Guatemala y Nicaragua, huyeron en dirección al norte escapando de las guerras civiles en sus respectivos países.

La respuesta del Congreso de Estados Unidos se resume con la aprobación de la Ley de Refugiados que reguló y amplió las posibilidades para que un inmigrante pueda pedir asilo. “La Ley de Refugiados hizo que la ley de Estados Unidos se ajustara a las normas internacionales de derechos humanos, específicamente la Convención de las Naciones Unidas de 1951 y el Protocolo de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados”, explica el Instituto de Política Migratoria (MPI) en un informe.

Si bien la ley anterior sólo reconocía a los refugiados del comunismo, la nueva Ley de Refugiados, vigente hasta ahora, se basó en el estándar no ideológico de la Convención de Ginebra de un ” temor fundado de persecución”.

Tras largos meses de complejos debates, batallas judiciales y luchas en ambas cámaras del Congreso, se aprobaron leyes y emitieron políticas que fueron dándole protecciones a los inmigrantes que llegaban a Estados Unidos huyendo de la guerra.

El nuevo éxodo
En los últimos cuatro años, Estados Unidos ha visto y vivido de cerca dos fenómenos migratorios que han impactado su política de asilo y refugio, y el debate nacional sobre inmigración. En ambos casos, sin embargo, se trata de tragedias que, por ahora, no tienen soluciones claras y empeoran con el paso de los días, semanas y meses, explica el libro Inmigración, las nuevas reglas, una Guía de Univision.

El primer fenómeno, ocasionado por la guerra en Siria, comenzó a principios del 2011 poco después de la ‘Primavera Árabe’ y las acciones militares de la dictadura en contra de la oposición. Al poco tiempo se sumaron al conflicto los yihadistas del Estado Islámico (ISIL, por sus siglas en inglés) y Rusia, que envió soldados y aviones para luchar a favor del régimen y en contra de las tropas rebeldes e ISIL. La situación social ocasionada por estos elementos provocó un gigantesco movimiento migratorio que no se veía desde los tiempos de la II Guerra Mundial.

De acuerdo con reportes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), al mes de marzo de 2016 la guerra había desplazado de sus hogares a por lo menos 5 millones de seres humanos, la mayoría mujeres y niños, en busca de protección. Estas personas, las cuales no tienen la posibilidad de llegar a un puerto de entrada a Estados Unidos, no tienen otra opción que tratar de obtener una designación como refugiados para poder emigrar a este país, un camino reducido y vedado por el gobierno de Trump.

El segundo fenómeno corresponde a los miles de inmigrantes de El Salvador, Guatemala y Honduras, la mayoría mujeres y niños, quienes desde 2013 han estado llegando a la frontera entre México y Estados Unidos buscando asilo. Vienen huyendo del crimen organizado, la corrupción, los cárteles de la droga y la pobreza extrema. Aunque estas cuatro causas no están en la lista de razones o motivos de asilo, estas personas arriesgan la travesía con la esperanza de ser escuchados y protegidos.

Cuando llegan a algún punto de la frontera y tratan de ingresar indocumentados, los detienen, arrestan, les quitan a sus hijos, los encarcelan y colocan en un proceso de deportación acelerado. Durante esta etapa, que no dura más de dos o tres días, solo unos cuántos demuestran un temor creíble y son tratados como potenciales asilados, pero la gran mayoría son deportados, en muchos casos solos y sus hijos se quedan enredados en la burocracia del gobierno federal.

Publicidad