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Elecciones 2020

Discurso de Kamala Harris, vicepresidenta electa de Estados Unidos (En Español)

Kamala Harris en su discurso tras ser elegida vicepresidenta. EFE

Kamala Harris: Saludos, Estados Unidos.

Es un verdadero honor hablar con ustedes.

Que esté aquí esta noche es testimonio de la dedicación de generaciones antes que yo. Mujeres y hombres que creían firmemente en la promesa de igualdad, libertad y justicia para todos.
Esta semana marca el centenario de la aprobación de la decimonovena enmienda. Y celebramos a las mujeres que lucharon por ese derecho.

Sin embargo, a muchas de las mujeres negras que ayudaron a asegurar esa victoria se les prohibió votar mucho después de su ratificación.

Pero no se dejaron intimidar.

Sin fanfarrias ni reconocimiento, se organizaron, testificaron, se manifestaron, marcharon y lucharon, no solo por su voto, sino por un lugar en la mesa. Esas mujeres y las generaciones que siguieron trabajando para hacer que la democracia y las oportunidades fueran reales en la vida de todos los que vinimos después.

Allanaron el camino para el liderazgo pionero de Barack Obama y Hillary Clinton.

Y esas mujeres nos inspiraron a tomar la posta y seguir luchando.

Mujeres como Mary Church Terrell y Mary McCleod Bethune. Fannie Lou Hamer y Diane Nash. Constance Baker Motley y Shirley Chisholm.

A menudo no nos enseñan sus historias. Pero como estadounidenses, todos nos levantamos sobre sus hombros.

Hay otra mujer, cuyo nombre no se conoce, cuya historia no se comparte. Otra mujer sobre cuyos hombros me levanto. Y esa es mi madre, Shyamala Gopalan Harris.

Vino aquí desde India a los 19 años para perseguir su sueño de curar el cáncer. En la Universidad de California Berkeley conoció a mi padre, Donald Harris, quien había venido de Jamaica para estudiar economía.

Se enamoraron de la manera más estadounidense, cuando marchaban juntos por la justicia en el movimiento de derechos civiles en la década de 1960.

En las calles de Oakland y Berkeley, vi desde mi cochecito de bebé cómo la gente se metía en lo que el gran John Lews llamaba “buenos problemas”.

Cuando tenía cinco años, mis padres se separaron y mi madre nos crió principalmente por su cuenta. Como tantas otras madres, trabajaba las 24 horas del día para que funcionara, empacaba almuerzos antes de que despertáramos y pagaba las facturas después de acostarnos. Nos ayudaba con la tarea en la mesa de la cocina y nos llevaba a la iglesia para practicar con el coro.

Ella hizo que pareciera fácil, aunque sé que nunca lo fue.

Mi madre nos inculcó a mi hermana Maya y a mí los valores que marcarían el curso de nuestras vidas.

Nos crió para ser mujeres negras fuertes y orgullosas. Y nos crió para conocer y estar orgullosas de nuestra herencia india.

Nos enseñó a poner a la familia primero: la familia en la que naciste y la familia que eliges.

Familia es mi esposo Doug, a quien conocí en una cita a ciegas organizada por mi mejor amiga. Familia son nuestros hermosos hijos, Cole y Ella, quienes, como acaban de escuchar, me llaman Momala. Familia es mi hermana. Familia es mi mejor amiga, mis sobrinas y mis ahijados. Familia son mis tíos, mis tías y mis chithis. Familia es la señora Shelton, mi segunda madre, quien vivía a dos puertas y ayudó a criarme. Familia es mi amada Alpha Kappa Alpha… nuestros Nueve Divinos… y mis hermanos y hermanas de las facultades y universidades históricamente negras. Familia son los amigos a los que recurrí cuando mi madre —la persona más importante en mi vida— falleció de cáncer.

E incluso cuando nos enseñó a mantener a nuestra familia en el centro de nuestro mundo, también nos empujó a ver el mundo más allá de nosotras mismas.

Nos enseñó a ser conscientes y compasivas con las dificultades de todas las personas. A creer que el servicio público es una causa justa y que la lucha por la justicia es una responsabilidad compartida.

Eso me llevó a convertirme en abogada, en fiscala de distrito, en fiscala general y en senadora de Estados Unidos.

Y en cada paso del camino, me han guiado las palabras que pronuncié desde la primera vez que me paré en un tribunal: Kamala Harris, en representación del pueblo.

He luchado por los niños y las supervivientes de agresión sexual. He luchado contra bandas transnacionales. Me enfrenté a los bancos más grandes y ayudé a derribar una de las mayores universidades con fines de lucro.

Reconozco a un depredador cuando lo veo.

Mi madre me enseñó que el servicio a los demás da un propósito y un significado a la vida. Y, oh, cómo desearía que estuviera aquí esta noche, pero sé que me está mirando desde arriba. Sigo pensando en esa mujer india de 25 años —con su metro cincuenta de estatura— quien me dio a luz en el hospital Kaiser en Oakland, California.

Ese día, probablemente no imaginó que yo estaría ahora de pie ante ustedes pronunciando estas palabras: acepto su nominación para vicepresidenta de Estados Unidos de América.

Acepto, comprometida con los valores que ella me enseñó. Con la palabra que me enseña a guiarme por lo que creo y no por lo que veo. Y con una visión transmitida a través de generaciones de estadounidenses, una que Joe Biden comparte. Una visión de nuestra nación como una comunidad de amor, donde todos son bienvenidos, sin importar cómo nos vemos, de dónde venimos o a quién amamos.

Un país en el que puede que no estemos de acuerdo en todos los detalles, pero en el que nos une la creencia fundamental de que cada ser humano tiene un valor infinito y es merecedor de compasión, dignidad y respeto.

Un país en el que nos cuidamos unos a otros, en el que nos levantamos y caemos como uno solo, en el que afrontamos nuestros retos y celebramos nuestros triunfos, juntos.
Hoy… ese país se siente distante.

El fracaso de Donald Trump en el liderazgo ha costado vidas y empleos.

Si eres un padre que tiene dificultades con el aprendizaje a distancia de tu hijo, o eres un profesor que lucha al otro lado de esa pantalla, sabes que lo que estamos haciendo ahora mismo no está funcionando.

Y somos una nación que está de duelo. Llorando la pérdida de vidas, la pérdida de trabajos, la pérdida de oportunidades, la pérdida de normalidad y, sí, la pérdida de certezas.

Y aunque este virus nos afecta a todos, seamos honestos: no es un agresor que haga daño de forma equitativa. Negros, latinos e indígenas están sufriendo y muriendo de forma desproporcionada.
Esto no es una coincidencia. Es efecto del racismo estructural.

De las desigualdades en la educación y la tecnología, la atención de la salud y la vivienda, la seguridad laboral y el transporte.

De la injusticia en la atención de la salud reproductiva y materna. Del uso excesivo de la fuerza por parte de la policía. Y de nuestro sistema de justicia penal más amplio.

Este virus no tiene ojos, pero sabe exáctamente cómo nos vemos y cómo nos tratamos unos a otros.

Y seamos claros: no hay vacuna contra el racismo. Tenemos que hacer el trabajo.

Por George Floyd. Por Breonna Taylor. Por las vidas de muchos otros nombres que quedan por pronunciar. Por nuestros hijos. Por todos nosotros.

Tenemos que hacer el trabajo para cumplir esa promesa de justicia igualitaria bajo la ley. Porque ninguno de nosotros es libre… hasta que todos seamos libres…

Estamos en un punto de inflexión.

El caos constante nos deja a la deriva. La incompetencia nos hace sentir miedo. La insensibilidad nos hace sentir solos.

Es mucho.

Y esta es la cuestión: podemos hacerlo mejor y merecemos mucho más.

Debemos elegir un presidente que traiga algo diferente, algo mejor y que haga el trabajo importante. Un presidente que nos reúna a todos —negros, blancos, latinos, asiáticos, indígenas— para lograr el futuro que queremos colectivamente.

Debemos elegir a Joe Biden.

Conocí a Joe como vicepresidente. Conocí a Joe en la campaña electoral. Pero primero conocí a Joe como el padre de mi amigo.

El hijo de Joe, Beau, y yo fuimos fiscales generales de nuestros estados, Delaware y California. Durante la Gran Recesión, hablábamos por teléfono casi a diario, trabajando juntos por recuperar para los propietarios de las casas los miles de millones de dólares de los grandes bancos que embargaban los hogares de la gente.

Y Beau y yo hablábamos de su familia.

De cómo, como padre soltero, Joe pasaba cuatro horas diarias en el tren de Wilmington a Washington. Beau y Hunter desayunaban todas las mañanas con su papá. Se iban a dormir todas las noches con el sonido de la voz de él leyendo cuentos para dormir. Y mientras soportaban una pérdida indescriptible, estos dos niños pequeños siempre supieron que eran profunda e incondicionalmente amados.

Y lo que también me conmovió de Joe es el trabajo que hizo, mientras iba y venía. Este es el líder que escribió la Ley de Violencia contra las Mujeres, y promulgó la Prohibición de las Armas de Asalto; quien, como vicepresidente, implementó la Ley de Recuperación, que ayudó a nuestro país a salir de la Gran Recesión. Defendió la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio, protegiendo a millones de estadounidenses con condiciones preexistentes; pasó décadas promoviendo los valores estadounidenses en todo el mundo, defendiendo a nuestros aliados y enfrentándose a nuestros adversarios.

Ahora mismo, tenemos un presidente que convierte nuestras tragedias en armas políticas.

Joe será un presidente que convierte nuestros desafíos en propósitos.

Joe nos unirá para construir una economía que no deje a nadie atrás. Donde un trabajo bien pagado es el suelo, no el techo.

Joe nos unirá para terminar con esta pandemia y asegurarse de que estamos bien preparados para la próxima.

Joe nos unirá para enfrentar y desmantelar la injusticia racial, fomentando el trabajo de generaciones.

Joe y yo creemos que podemos construir esa comunidad de amor, una que sea fuerte y decente, justa y amable. Una en la que todos podamos reconocernos a nosotros mismos.

Esa es la visión por la que lucharon nuestros padres y abuelos. La visión que hizo posible mi propia vida. La visión que hace que la promesa estadounidense —con todas sus complejidades e imperfecciones— sea una promesa por la que vale la pena luchar.

No se equivoquen, el camino a seguir no será fácil. Vamos a tropezar. Puede que nos quedemos cortos. Pero les prometo que actuaremos con valentía y afrontaremos nuestros retos con honestidad. Diremos la verdad. Y actuaremos con la misma fe en ustedes que la que pedimos que pongan en nosotros.

Creemos que nuestro país —todos nosotros— se mantendrá unido por un futuro mejor. Ya lo estamos haciendo.

Lo vemos en los médicos, las enfermeras, los trabajadores de la salud a domicilio y los trabajadores de primera línea que arriesgan sus vidas para salvar a gente que nunca habían conocido.

Lo vemos en los maestros y los camioneros, los trabajadores de las fábricas y los agricultores, los trabajadores postales y los trabajadores electorales, todos arriesgando su propia seguridad para ayudarnos a superar esta pandemia.

Y lo vemos en muchos de ustedes que están trabajando, no solo para ayudarnos a superar nuestras crisis actuales, sino también para llegar a un lugar mejor.

Algo está sucediendo en todo el país.

No se trata de Joe o de mí.

Se trata de ustedes.

Se trata de nosotros. Gente de todas las edades, colores y credos que se están, sí, tomando las calles, y también persuadiendo a nuestros familiares, reuniendo a nuestros amigos, organizando nuestros vecindarios y acudiendo a votar.

Y hemos demostrado que, cuando votamos, ampliamos el acceso a la atención médica, ampliamos el acceso a las urnas y aseguramos que más familias trabajadoras puedan vivir dignamente.

Estoy tan inspirada por una nueva generación de liderazgo. Nos están empujando a comprender los ideales de nuestra nación, empujándonos a vivir los valores que compartimos: decencia y equidad, justicia y amor.

Ustedes son los patriotas que nos recuerdan que amar a nuestro país es luchar por los ideales de nuestro país.

En estas elecciones tenemos la oportunidad de cambiar el curso de la historia. Todos estamos en esta lucha. Tú, yo y Joe… juntos.

Qué gran responsabilidad. Qué increíble privilegio.

Así que, luchemos con convicción. Luchemos con esperanza. Luchemos con confianza en nosotros mismos, y con un compromiso con los demás, con el Estados Unidos que sabemos que es posible, el Estados Unidos que amamos.

Dentro de unos años, este momento habrá pasado. Y nuestros hijos y nuestros nietos nos mirarán a los ojos y nos preguntarán: “¿Dónde estabas cuando había tanto en juego?”.
Nos preguntarán: “¿Cómo fue?”.

Y les contaremos. Les diremos no solo cómo nos sentimos.

Les diremos lo que hicimos.

Gracias. Que Dios los bendiga. Y que Dios bendiga a Estados Unidos de América.

Fuente: The New York Times

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