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Automovilismo chileno, de ‘monstruos’ y héroes (cuando el deporte no era sólo comercio)

Autor veloces

Nombres como Juan Zanelli, Lorenzo Varoli, Bartolomé Ortiz, Raúl ‘Papin’ Jara, Sergio Neder, Nemesio Ravera, Boris Garafulic, Eugenio Velasco, Juan Gac, Santiago Bengolea y muchos otros en las décadas de 1930, 40, 50 y 60, conforman la cúspide del verdadero deporte tuerca.

Arturo Alejandro Muñoz

ME RESISTO A olvidarlos, opongo férrea resistencia al paso del tiempo que todo lo borra y lo difumina. Muchas veces cierro los ojos y dejo que mi mente sea inundada por los recuerdos de una lejana niñez: Entonces me veo sujeto a la mano de mi padre, allá en el romántico Curicó de los años ’50, a la vera de la Panamericana Sur (hoy Ruta Cinco), cerca de Aguas Negras, a las espaldas del cerro Condell, un domingo en la mañana temprana, esperando el paso de los bólidos que vienen desde Los Ángeles rumbo a Santiago.

Todos queremos ver a los ‘monstruos’ de entonces; aunque se sabe que, con suerte, a los ases del volante podrá distinguírseles solo durante los escasos segundos que demoran en dejar atrás al centenar de curiosos, los cuales hacen  nata desde la madrugada dominical desafiando la garúa y el vientecillo que despeina las emociones. Algunos esperan aplaudir a Bartolomé Ortiz, otros a Papín Jara, y muchos, pero muchos de verdad, al mejor de todos, al inigualable talquino Lorenzo Varoli. Yo, entre ellos…mi padre, en cambio, era fanático admirador del ‘loco’ Ortiz, al que motejaba como “patas con fuego”.

Ahí estamos desde las siete de la mañana, cielo nublado, algo de llovizna y mucho frío. El reloj ya marca las once horas con veinte minutos…pero, nada,  nada de nada…ningún vehículo se aproxima desde el lado sur, pues la carretera está vacía y sólo los carabineros pueden cruzar de una orilla a la otra. Un locutor de la vieja radio Condell toma  nota de lo que sucede alrededor, confrontando sus apuntes con aquellos que ha logrado garabatear el reportero del diario La Prensa.

Piloto chileno década de 1950

De pronto, movimiento, nerviosismo…los carabineros reordenan al gentío exigiéndole que retroceda un par de metros para dejar la carretera libre, amplia, segura. Yo atisbo hacia el sur y no distingo nada.  Entonces, como un trueno que asuela el paisaje, surge el grito de nadie sabe quién: “ahí vienen”. Y desde el improvisado puesto de control que la Federación ha instalado en la orilla oriente de la ruta, se escucha el destemplado cacareo: “¡¡Coooooche a la Vistaaa!!”…y comienzan las elucubraciones de los fanáticos: “es Bartolo”, grita uno….”noooo….es Ravera”, asegura otro.

Mi padre, usando los binoculares que pidió prestados a mi abuelo, mascullando entre dientes con un cierto dejo de decepción, asegura que el primer coche que aparece como un diminuto punto en lontananza pertenece a…¡¡Lorenzo Varoli!! Y yo aplaudo a rabiar, salto, agito los brazos y trato de llamar la atención del afamado piloto que, con toda seguridad, desde aquella distancia debe distinguir maldita la cosa.

Los motores rugen a la distancia y sus carrocerías van cobrando forma en la medida que se acercan al cruce de Aguas Negras. El talquino Varoli pasa frente a nosotros como un bólido, dejando en la atmósfera estelas de ronroneos escapadas del poderoso motor de su Ford V8, y todos los presentes abríamos ojos y bocas en gestos de positivo asombro.

Es que Varoli era un ídolo en ese tiempo. Los chilenos lo admiraban sin tapujos desde que participó en el Gran Premio Sudamericano de Turismo Carretera que se corrió desde Caracas hasta Buenos Aires en noviembre del año 1949. Allí, Varoli había llegado en cuarto lugar. En Talca lo recibieron como un héroe y hasta le escribieron un himno. También había ganado la carrera Arica-Santiago, revolucionando el pueblerino ambiente deportivo que caracterizaba a Chile en esos años.

En Aguas Negras, y con la mañana acercándose ya al mediodía, pocos minutos más tarde del paso de Varoli y su V8, en fila india desde el sur aparecen Bartolomé Ortiz, Sergio Neder, Papín Jara y Nemesio Ravera, pero los kilómetros que les separan de los espectadores permiten creer equivocadamente que se trata casi de un pelotón gregario. Avanzan con velocidades endemoniadas –según mi parecer de niño- y el ruido ensordecedor de los escapes libres hace vibrar los músculos y las emociones.

Juan Zanelli, el héroe olvidado

Es conveniente que las actuales generaciones de deportistas tuercas sepan que, en aquellos años, estos inolvidables pilotos corrían en circuitos de tierra y/o de malos asfaltos a más de 160 kilómetros por hora -con cero visibilidad debido al polvo en suspensión y al barro que se pegaba como lama en los parabrisas-, montados en autos tipo Ford 46 y Chevrolet 47 (transformados, obviamente),  con los sistemas de frenos relativamente primitivos de aquella época, cajas de cambio de tres velocidades que obligaban a bajar a segunda marcha  en las curvas para ganar RPM , y sin dirección hidráulica, lava parabrisas ni airbags (menos aún, celulares y GPS).

Algunos años más tarde, ya en la década de 1960, una nueva emoción haría saltar lágrimas de los ojos de aquellos chilenos amantes del deporte tuerca, pues

Eduardo Kovacs, en el autódromo de Mendoza les dio la tanda a los “che” con un Cooper S; y ese triunfo en tierras gauchas sólo se repetiría en la década siguiente (1978) cuando Eliseo Salazar obtuviera el Campeonato Argentino de F4 (Fórmula Cuatro).

NO SOLO CAMPEONES, TAMBIÉN  HUBO HÉROES
Pero, en los lejanos años que sirven de marco a este relato, con mis ojos de niño, yo juraba que Varoli, Ortiz y Papín eran lo máximo de lo máximo en ese deporte, y que el título de ‘monstruos’ se los disputaba solamente Sergio Neder, piloto que posteriormente el año 1958  ganaría la famosa carrera Santiago-Lima.

Mas, en definitiva, para mi padre no era solo Bartolomé Ortiz su mejor referente en el automovilismo, pues me  hablaba en ese entonces de un piloto famosísimo que, por desgracia, nuestro país ya había olvidado merced a la típica ingratitud nacional. Se trataba de Juan Zanelli, quizás el piloto chileno  más exitoso de la historia de nuestro deporte tuerca. Él corrió en Europa allá por la década de 1930, ganando tres grandes premios y saliendo campeón de la categoría que dio origen al Mundial de Rally.

Zanelli nació en el puerto de Iquique, el año 1906, y fue el primer automovilista chileno en obtener triunfos internacionales, pues ganó tres importantes Grand Prix: Le Mans (dos veces) y Barcelona, en los años ’30. También había corrido para las marcas o escuderías Bugatti, Maserati y Alfa Romeo en los Grand Prix de esos tiempos, los cuales fueron antecesores de la F1. Además, Juan Zanelli participó exitosamente en campeonatos europeos de montaña, que posteriormente dieron origen al Mundial de Rally, siendo campeón el año 1931.

Pero, ya en esa época,  el genocida Adolf Hitler insistía en asegurar que los triunfos de los coches alemanes tenían que ser muestra innegable de una ingeniería llevada a cabo por la ‘raza superior’. A mediados de 1930, el régimen nazi creó un organismo estatal dedicado exclusivamente a potenciar esta área de competición deportiva. Merced a tan descomunal apoyo (casi desconocido en aquellos años), las marcas automotrices germanas -como Mercedes Benz y Auto Union- tomaron cada vez más fuerza en los torneos y, paralelamente, fueron ganando adversarios entre los pilotos de otras nacionalidades que estaban decididamente en contra de lo que se consideraba una ‘politización’ del deporte.

Zanelli gana Gran Premio de Montjuic, año 1933

Durante la Segunda Guerra Mundial, Juan Zanelli se integró en Francia a la Resistencia, participando de lleno en actividades anti nazis. Desgraciadamente, los Servicios de Inteligencia de Alemania identificaron la mayoría de los nombres de los pilotos comprometidos con la causa francesa, y en una confusa balacera entre nazis y opositores, Zanelli fue herido de gravedad, falleciendo en la ciudad de Toulouse el 19 de agosto de 1944, poco antes de que las fuerzas aliadas liberaran París.

La prensa nacional jamás ha destacado debidamente a este gran deportista chileno, quien alzó en sus brazos -y solo con su propio esfuerzo- el nombre de nuestro país para ubicarlo en la cima donde están situados los grandes pilotos mundiales de mediados del siglo veinte. Es, sin duda,  también, uno de nuestros héroes olvidados.

Por ello, en las celebraciones del Bicentenario de la Patria, me permito rescatar su memoria a través de estas humildes líneas, y con el sucinto recuento de tan gloriosa vida rendir también un merecido homenaje a nuestras glorias del automovilismo deportivo.

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